
A nivel mundial, se calcula que, aproximadamente, 1 de cada 3 mujeres y 1 de cada 5 hombres mayores de 50 años sufrirán una fractura ósea debido a la osteoporosis. La osteoporosis afecta a millones de personas en todo el mundo y se incrementa exponencialmente con la edad, afectando en mayor medida a la población femenina. Se caracteriza por una disminución de la densidad mineral ósea (DMO), una microarquitectura alterada y una menor resistencia ósea, lo que da lugar a una mayor susceptibilidad a las fracturas. Pese a que la osteoporosis es conocida como una “enfermedad silenciosa” y asintomática, ya que los huesos se debilitan sin que se presente generalmente ningún síntoma previo, es importante tener en cuenta los factores de riesgo asociados para poder prevenirla.
La osteoporosis se define como una enfermedad caracterizada por una baja densidad mineral ósea (DMO) y un deterioro en la microarquitectura del tejido óseo, lo que provoca que los huesos sean más frágiles y, por lo tanto, aumenta significativamente el riesgo de fracturas. Esta enfermedad ósea afecta predominantemente a personas mayores, con una prevalencia más alta entre las mujeres posmenopáusicas debido a la disminución en la producción de estrógenos. Los huesos se vuelven porosos y frágiles, lo que incrementa la probabilidad de fracturas, especialmente en sitios como la cadera, columna lumbar, muñeca y antebrazo.
El hueso es un tejido dinámico que se remodela continuamente a lo largo de la vida. Este proceso es llevado a cabo por dos tipos de células: los osteoblastos, que construyen nuevo tejido óseo, y los osteoclastos, que descomponen el tejido óseo viejo. Tras alcanzar el pico de masa ósea máxima entre los 20 y los 30 años, la masa ósea comienza a disminuir gradualmente. Por esto, la prevalencia de la osteoporosis es más común en personas mayores. Pese a que la pérdida de masa ósea ocurre naturalmente con la edad, puede acelerarse por factores como el sedentarismo, deficiencias nutricionales (proteínas, calcio y vitamina D, especialmente) o consumo excesivo de sodio, alcohol y tabaquismo, entre otros.
La osteoporosis se considera una “enfermedad silenciosa” debido a que, generalmente, los huesos se debilitan sin que se presenten síntomas previos, hasta que ocurre una fractura ósea.
Dado que la osteoporosis se desarrolla muy lentamente durante un período de muchos años y no existen síntomas que nos ayuden a identificar claramente esta enfermedad, debemos estar alerta y prestar atención a las señales que nos envía nuestro cuerpo. Por ejemplo, es común que en personas con osteoporosis se produzca una pérdida de altura o se encorve la espalda (cifosis) debido a la debilitación y la compresión de los huesos de la columna, lo que puede provocar dolor en la espalda y en las cervicales al intentar mantener la cabeza erguida. También es un síntoma característico de la osteoporosis el dolor secundario o posterior a las fracturas osteoporóticas en los huesos.
Cuando se reúnen varios factores de riesgo asociados a la osteoporosis, como antecedentes de fracturas óseas, menopausia de más de 10 años, sexo femenino o edad, es conveniente acudir a realizarse periódicamente densitometrías óseas (DEXA) para evaluar la densidad mineral ósea y así poder diagnosticar correctamente la osteoporosis.
Normalmente, los resultados de la prueba de densidad ósea (DEXA) para mujeres posmenopáusicas u hombres de 50 años o más, se dan como puntuaciones T. El puntaje T compara la densidad ósea con la de un adulto joven del mismo sexo.
Los resultados de la puntuación T pueden ser:
Para lograr y mantener huesos sanos y fuertes, es fundamental que el cuerpo reciba cantidades adecuadas de calcio, vitamina D y proteínas, dado que, aproximadamente, el 10% del hueso se remodela anualmente.
En ese sentido, el consumo de lácteos tiene un papel significativo en el mantenimiento de la salud ósea. Está demostrado que los lácteos, especialmente los fermentados, están asociados con un menor riesgo de fractura de cadera debido a su composición nutricional única. Son la principal fuente de calcio altamente biodisponible en la dieta y son fuente de proteínas de alta calidad, así como de vitamina D (en lácteos fortificados, como es el caso de nuestra Leche rica en Calcio de Central Lechera Asturiana). Los estudios indican que una mayor ingesta de proteínas, siempre que el suministro de calcio sea suficiente, está asociada con un menor riesgo de fracturas. Los lácteos también aportan otros nutrientes esenciales para la salud ósea, como magnesio, fósforo y zinc. Los productos lácteos deben considerarse una medida eficaz de salud pública para prevenir la osteoporosis, particularmente en mujeres posmenopáusicas, y se recomienda el consumo diario de 2 a 3 raciones de lácteos dentro de una dieta mediterránea para poder mantener unos huesos fuertes y saludables a lo largo de la vida.
Pese a que más del 60 % de la variación de la masa ósea máxima está determinada genéticamente, el resto puede ser susceptible a intervenciones en el estilo de vida, como una ingesta dietética adecuada de calcio, proteínas y vitamina D, así como una actividad física regular basada en ejercicios de fuerza.
Los distintos factores de riesgo que implican una mayor probabilidad de desarrollar osteoporosis deben de ser tenidos en cuenta para abordar adecuadamente la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de esta enfermedad ósea.
Los factores de riesgo más importantes que pueden predisponer a tener una mayor probabilidad de desarrollar osteoporosis, son los siguientes:
Por esto, para prevenir la osteoporosis, es importante cuidar tus huesos desde la infancia, asegurando un aporte adecuado de calcio, proteínas y vitamina D, reunidos principalmente en los lácteos, dentro del marco de una dieta equilibrada, así como la realización de ejercicio físico de fuerza.
Las consecuencias de la osteoporosis en la calidad de vida, la morbilidad y la mortalidad, así como su impacto socioeconómico y su prevalencia a nivel global, subrayan la importancia y la necesidad de promover acciones preventivas.
Bibliografía:

El calcio es el mineral más abundante en el organismo humano y tiene múltiples funciones fisiológicas. La mayor parte del calcio se encuentra en huesos y dientes, pero su papel no es solo estructural: interviene en la contracción muscular, la transmisión nerviosa, la coagulación sanguínea, el metabolismo energético, la división celular y el funcionamiento de las enzimas digestivas.
El 99% del calcio corporal está en el esqueleto como hidroxiapatita; el hueso es un “reservorio” dinámico que se remodela a diario.
El 1% del calcio restante circula en la sangre, en el líquido extracelular y en varios tejidos. En sangre, una parte va unida a albúmina y otra está ionizada (la fracción activa). Ese 1% actúa como “señal” dentro de las células. Este calcio circulante tiene funciones clave en distintos procesos. Por eso el cuerpo regula con precisión su concentración gracias a la homeostasis o metabolismo del calcio.
Una de las principales funciones del calcio es la de contribuir a la mineralización ósea. La mineralización ósea consiste en la incorporación de calcio y fósforo a la matriz del hueso, formando cristales de hidroxiapatita que le confieren rigidez y resistencia.
Esta función del calcio es indispensable para el crecimiento y la reparación ósea.
Cuando la dieta no aporta suficiente calcio, el organismo recurre a la resorción ósea, liberando calcio desde el hueso hacia la sangre. Este mecanismo, si se prolonga, debilita la estructura ósea y aumenta el riesgo de fracturas. Por eso, es de vital importancia consumir suficiente calcio cada día.
La función del calcio en el sistema nervioso es permitir que las neuronas se comuniquen. Es decir, el calcio participa en la neurotransmisión, regulando la liberación de neurotransmisores en las sinapsis (conexión o espacio entre dos neuronas).
¿Cómo lo hace? Todo empieza cuando un impulso eléctrico llega al final de una neurona. Ese impulso abre canales de calcio y deja entrar calcio (Ca²⁺) al interior de la neurona. Esta entrada actúa como señal: ordena que las vesículas en las que se encuentran los neurotransmisores los liberen. Los neurotransmisores son los mensajeros químicos que cruzan la sinapsis.
El calcio también interviene dentro de la neurona que recibe el mensaje. Activa proteínas y enzimas que fortalecen la conexión entre neuronas, un proceso llamado plasticidad sináptica, clave para aprender y recordar. Además, regula la excitabilidad: evita que la neurona dispare señales de forma exagerada o insuficiente.
Por eso, el papel del calcio en el sistema nervioso es esencial para la memoria, el aprendizaje y la coordinación motora. Sin niveles adecuados de calcio, la transmisión nerviosa se ve comprometida, afectando funciones cognitivas y motoras.
La función del calcio en la contracción muscular es esencial para el movimiento. Cuando el músculo recibe un estímulo nervioso, se libera calcio (Ca²⁺). Este calcio se une a una proteína, generando la contracción, explicado de forma sencilla. Sin calcio, el movimiento sería imposible. Este mecanismo ocurre en el músculo esquelético, responsable del movimiento voluntario, y también en el músculo cardíaco, que necesita calcio para cada latido. Por eso, el papel del calcio es vital para la contracción muscular y la función del corazón.
Una de las funciones fisiológicas del calcio menos conocidas es su papel en la coagulación sanguínea. El calcio es fundamental para que la sangre pueda coagularse y detener una hemorragia. Cuando se produce una herida, el calcio (Ca²⁺) ayuda a activar proteínas llamadas factores de coagulación. Estas proteínas necesitan el calcio para unirse a las plaquetas y formar una red que cierre la lesión. Sin calcio, este proceso no ocurre y la sangre seguiría fluyendo, por lo que el organismo no podría detener hemorragias de manera eficiente.
La función del calcio en el corazón es fundamental para que pueda latir. Cada vez que llega una señal eléctrica, el calcio entra en las células musculares del corazón. Gracias a esto, las fibras del músculo cardíaco se contraen y el corazón expulsa la sangre. Después, el calcio se retira para que el músculo se relaje y se prepare para el siguiente latido. Sin este proceso, el corazón no podría bombear sangre. Por eso, el calcio es la señal que coordina la contracción y la relajación de los músculos del corazón, y mantener sus niveles adecuados es vital para un ritmo cardíaco normal.
Para entender cómo se regula el metabolismo del calcio, piensa en tres piezas principales:
Este “sistema hormonal” mantiene el calcio en rangos seguros, evitando tanto la hipercalcemia como la hipocalcemia. Así se asegura la correcta función regulatoria del calcio (neurotransmisión, contracción muscular, coagulación…etc.).
Dado que el calcio es el mineral más abundante del organismo, y sus funciones son de gran importancia (tanto para el mantenimiento de huesos y dientes como sus funciones regulatorias), debemos ingerir una cantidad suficiente cada día a través de la dieta: se necesitan ingerir de media 1000 mg de calcio al día en una persona adulta sana. Esto equivaldría a consumir 3 lácteos al día, por ejemplo: un vaso de leche, una porción de queso y dos yogures.
Si no se consume suficiente calcio, el cuerpo pondrá en marcha distintos mecanismos para asegurar los niveles de calcio circulante (ese “1% restante” que no está en los huesos ni los dientes).
Al aumentar los niveles de la PTH (la hormona que entra en juego cuando los niveles de calcio en sangre son bajos), aumentarán a su vez: la absorción del calcio dietético, la reabsorción renal y la resorción ósea.
La resorción ósea es un proceso mediante el cual los osteoclastos, células presentes en el hueso, destruyen tejido óseo para liberar minerales como el calcio al torrente sanguíneo, resultando en unos huesos débiles e incluso osteoporosis.
Por esto, una ingesta adecuada de calcio a lo largo de la vida puede ayudarte a cuidar tu salud ósea, a prevenir la osteoporosis y por lo tanto posibles fracturas.
Para proteger tu salud ósea, y cubrir los requerimientos diarios de este mineral tan importante, asegúrate de:
Bibliografía:
Reglamento (UE) n ° 432/2012 de la Comisión, de 16 de mayo de 2012 , por el que se establece una lista de declaraciones autorizadas de propiedades saludables de los alimentos distintas de las relativas a la reducción del riesgo de enfermedad y al desarrollo y la salud de los niños. http://data.europa.eu/eli/reg/2012/432/2025-08-20 Dolphin, A.C., Lee, A. Presynaptic calcium channels: specialized control of synaptic neurotransmitter release. Nat Rev Neurosci 21, 213–229 (2020). https://doi.org/10.1038/s41583-020-0278-2
Los péptidos bioactivos de la leche son pequeños fragmentos de proteínas (habitualmente 2-20 aminoácidos) que muestran actividades biológicas específicas más allá de su aporte de aminoácidos. En la leche, estos péptidos están “ocultos” o encriptados en caseínas (αS1, αS2, β y κ) y en proteínas del suero (β-lactoglobulina, α-lactoalbúmina, lactoferrina, entre otras).

En la proteína nativa, estos péptidos están inactivos. Pueden liberarse por hidrólisis enzimática (proceso donde se “rompen” moléculas en sitios específicos) durante la digestión gastrointestinal, la fermentación o el procesamiento de los lácteos. Una vez liberados, parecen tener actividad específica a nivel gastrointestinal y sistémico como inmunomoduladores y mediante propiedades antimicrobianas, antihipertensivas y antitrombóticas.
Existen bases de datos específicas (como Milk Bioactive Peptide Database o MBPDB) donde está catalogados cientos de péptidos bioactivos procedentes de la proteína de la leche. Estas herramientas permiten vincular cada péptido bioactivo con su proteína precursora o nativa, y su función. Sin embargo, la mayoría de estos péptidos bioactivos se generan solo tras procesos específicos, y no se sabe con certeza si llegan intactos a ejercer efectos en humanos.
Las proteínas representan alrededor del 3-4 % de la composición de la leche de vaca. Estas se dividen en caseínas (∼80% de las proteínas de la leche) y las proteínas del suero o whey (∼20%).
Tanto las caseínas como las proteínas del suero contienen secuencias de aminoácidos que, tras la digestión, fermentación o procesamiento, pueden dar lugar a péptidos bioactivos con múltiples funciones.
Los péptidos bioactivos se forman cuando las proteínas se rompen en fragmentos más pequeños. Esa ruptura (hidrólisis enzimática) puede ocurrir de varias maneras:
En todos los casos, el resultado es el mismo: las proteínas grandes se “cortan” en péptidos más pequeños, y algunos de ellos pueden tener propiedades funcionales.
Los péptidos liberados durante la digestión de las proteínas de la leche de vaca ejercen efectos beneficiosos en cuatro sistemas: cardiovascular, nervioso, digestivo y el sistema inmune. Entre sus principales funciones se incluyen propiedades antihipertensivas, antioxidantes e inmunomoduladoras.
Bibliografía

Los niveles bajos de vitamina D son frecuentes en la población general a nivel global. De hecho, se estima que casi la mitad de la población a nivel mundial tiene deficiencia de vitamina D (25(OH)D < 20 ng/mL en sangre).
La vitamina D es conocida como “vitamina del sol”, y contribuye a la absorción calcio, a mantener los huesos fuertes, a la función muscular y apoya el sistema inmune. Sin embargo, a pesar de vivir en un país con muchas horas de luz, el déficit de vitamina D en España es mucho más habitual de lo que pensamos. Nuestros niveles de vitamina D son similares (o incluso inferiores) a los de países menos soleados de Europa.
La fuente principal de vitamina D es la exposición a la luz solar: muy pocos alimentos la contienen de forma significativa, por eso muchos están fortificados con esta vitamina.
Puede parecer contradictorio que un país con tantas horas de luz como España tenga tasas tan altas de déficit de vitamina D. Sin embargo, la explicación de por qué hay falta de vitamina D en España tiene que ver con varios motivos clave.
Para producir vitamina D necesitamos radiación ultravioleta B (UVB).
España, a nivel peninsular, se sitúa en las latitudes medias del hemisferio norte: está entre 36° N (Cádiz) y 43° N (Galicia), siendo la latitud del ecuador 0° y la del polo norte geográfico 90° N.
Cuanto más lejos del ecuador, menos radiación UVB llega. Al tener una latitud mayor a 35°, en invierno se reduce el ángulo solar (el sol está “bajo”) y no hay UVB suficiente ni siquiera al mediodía, por lo que la síntesis cutánea es mínima o nula.
Pasamos gran parte del día en interiores y no realizamos suficientes actividades al aire libre, especialmente en horario laboral, justo cuando el sol estaría en la mejor posición para sintetizar vitamina D.
Los protectores solares, bien aplicados, reducen de forma marcada la síntesis cutánea de vitamina D; además, las pieles más oscuras actúan como “protección natural” y necesitan más tiempo de exposición para fabricar la misma cantidad.
Hay pocos alimentos que aporten vitamina D en la dieta, y no se consumen con suficiente frecuencia. Entre ellos están el pescado azul (como el salmón o las sardinas), los huevos (especialmente la yema) y los alimentos fortificados en vitamina D, como es el caso de nuestra Leche rica en Calcio o nuestra Leche Suprema de Central Lechera Asturiana.
Como hemos visto, en invierno, obtener suficiente vitamina D solo a través del sol es especialmente difícil, incluso en países soleados como España, por varios motivos: latitud por encima del 35° N, días más cortos, más ropa y menos exposición cutánea.
Las recomendaciones en invierno para maximizar la síntesis de vitamina D serían:
Aun así, en invierno, la exposición solar no garantiza niveles adecuados de vitamina D, especialmente en personas mayores, con baja exposición o colores de piel más oscuros.
Por ello, es recomendable aumentar el consumo de alimentos ricos en vitamina D (pescado azul, huevos, lácteos fortificados) y suplementarse en el caso de que sea necesario, siempre bajo supervisión médica.
Pero, ¿cómo saber si realmente tienes déficit de vitamina D? Pues bien, la única forma segura de saber si tienes déficit de vitamina D, es realizarte una analítica que mida la vitamina D en sangre.
Aunque existen diferentes definiciones consensuadas sobre el punto de corte para determinar la deficiencia o no de vitamina D, en general, las guías indican:
En cualquier caso, todos los estudios indican que niveles de vitamina D por debajo de 10-12 ng/mL (25 o 30 nmol/L) se consideran preocupantes.
Por norma general, no se recomienda hacer análisis a todo el mundo, solo a personas con un mayor riesgo de presentar insuficiencia/deficiencia: poca exposición solar, piel más oscura, obesidad, edad avanzada, enfermedades que dificultan la absorción, etc.
La dieta de los españoles suele ser pobre en vitamina D, así que conviene incluir más:
Puedes sustituir tu leche de siempre en tu día a día por nuestra Leche rica en Calcio o nuestra Leche Suprema de Central Lechera Asturiana. Con un solo vaso de Leche Suprema (250 ml), obtienes el 100 % de la vitamina D que necesitas cada día.
Pequeñas exposiciones cortas y regulares (cara, brazos o antebrazos) son más eficaces y seguras que largas exposiciones. Por ejemplo, realizar ejercicio en exteriores, puede ser una buena estrategia.
Los estudios muestran que la obesidad está relacionada con niveles más bajos de vitamina D. Mantener un peso saludable ayuda a mantener unos niveles de vitamina D adecuados.
En el caso de tener insuficiencia/deficiencia de vitamina D, un profesional de la salud te pautará la dosis y frecuencia necesarias de manera personalizada.
El déficit o deficiencia de vitamina D es un problema de salud pública que afecta a personas de todas las edades en España. Mejorar la alimentación, aumentar la exposición solar segura y fomentar el consumo de alimentos ricos en esta vitamina (como pescado azul, huevos y lácteos enriquecidos) son medidas efectivas para prevenirlo.
Bibliografía
Varsavsky M, Rozas Moreno P, Becerra Fernández A, Luque Fernández I, Quesada Gómez JM, Ávila Rubio V, et al. Recomendaciones de vitamina D para la población general. Endocrinol Diabetes Nutr. 2017;64 Suppl 1:7–14. http://dx.doi.org/10.1016/j.endinu.2016.11.002
La nutrigenética explica por qué dos personas que siguen la misma dieta pueden obtener resultados distintos. Cada uno de nosotros tiene un genoma único que influye en una amplia variedad de aspectos de nuestra salud, incluida la forma en que metabolizamos los nutrientes, regulamos el apetito, gestionamos la glucosa, almacenamos grasa o gastamos energía en forma de calor.
La clave está en pequeñas variaciones del ADN que modulan estos procesos; conocerlas permite orientar una alimentación más ajustada a cada individuo, gracias a la nutrigenética.

Cuando se habla de nutrigenética, se hace referencia a la disciplina que estudia cómo las variantes genéticas de cada individuo influyen en la respuesta a los nutrientes y la dieta, lo que permite personalizar recomendaciones nutricionales para optimizar la salud, basándose en análisis de ADN.
Para entenderla, primero debemos comprender cómo se organiza la información genética:
Estas variantes pueden influir en la función de enzimas digestivas, transportadores de glucosa, receptores que regulan el apetito o factores que controlan la oxidación de grasas y, por tanto, nuestra respuesta a la dieta.
La diferencia entre nutrigenética y nutrigenómica es la siguiente:
La relación entre el metabolismoy la genética se observa, por ejemplo, en rutas que regulan funciones como apetito/saciedad, lipogénesis (fabricación de grasa a partir de azúcares y proteínas), señalización de insulina, oxidación de grasas y termogénesis (proceso natural del cuerpo para generar calor, aumentando el gasto energético).
Algunos de los genes relacionados con el metabolismo son:
La obesidad es una enfermedad crónica y compleja que se caracteriza por un exceso de grasa corporal. Este exceso no aparece por una única causa, sino por la combinación de entornos obesogénicos, factores psicosociales y variantes genéticas. Además, se asocia a un mayor riesgo de desarrollar otras enfermedades crónicas no transmisibles y afecta de forma notable al bienestar y a la calidad de vida de quienes la padecen.
Desde el punto de vista genético, la obesidad suele ser poligénica, es decir, intervienen muchos genes a la vez. La heredabilidad estimada oscila entre el 40 y el 77 %, según algunos estudios, aunque el resultado final (el fenotipo o la expresión visible de esos genes) depende también de factores del estilo de vida, como la actividad física, el sueño, el estrés o la calidad de la dieta, que pueden potenciar o contrarrestar esa predisposición genética.
Entre los genes más estudiados relacionados con la obesidad destacan:
Al comprender cómo nuestras variaciones genéticas individuales influyen en nuestra respuesta a la dieta y los nutrientes, los profesionales de la salud pueden ofrecer recomendaciones nutricionales más precisas y personalizadas, adaptadas a las necesidades específicas de cada persona.
Por eso, el futuro de la alimentación pasa por la nutrición personalizada basada en la genética, que integra:
Sin embargo, la interacción entre nuestros genes y la dieta es extremadamente compleja y aún no completamente comprendida. Por eso, se necesitan más estudios sólidos para poder aplicar la nutrigenética en la práctica clínica. La nutrigenética complementa (no sustituye) las bases clásicas de la nutrición. La clave está en usar la genética como una herramienta más.Es importante destacar que, si bien nuestra genética puede predisponernos a ciertas condiciones como la obesidad o la diabetes tipo 2, también podemos tomar medidas para optimizar nuestra salud a través de una dieta y un estilo de vida saludables, mitigando así el efecto de los genes mencionados y responsabilizándonos de nuestro propio bienestar.

La sarcopenia es un trastorno progresivo y generalizado del músculo esquelético asociado al envejecimiento, y se caracteriza por la pérdida de masa muscular, fuerza y funcionalidad.
La palabra sarcopenia es de origen griego: sarco –carne/músculo– y penia –pobreza–.
Se produce una reducción de la cantidad de músculo, de su calidad y de su fuerza, lo que incrementa el riesgo de discapacidad física y pérdida de la autonomía. Además, la sarcopenia se asocia con un mayor riesgo de sufrir caídas y fracturas óseas, e incluso con mayores tasas de mortalidad en personas mayores.
¿Por qué es importante hablar de sarcopenia? Porque es uno de los principales factores de fragilidad en la vejez y una causa frecuente de pérdida de autonomía. Actuar a tiempo permite prevenir complicaciones.
*Además, a diferencia de lo que se cree, la reducción de masa muscular no siempre se acompaña de pérdida de peso, ya que puede coexistir con un aumento de grasa corporal, condición conocida como obesidad sarcopénica, asociada a mayor riesgo de complicaciones.
La sarcopenia puede estar relacionada exclusivamente con el envejecimiento, pero también hay otros factores que aceleran la pérdida de músculo. Cuando esta pérdida se debe únicamente a la edad, hablamos de sarcopenia primaria.
Sin embargo, cuando existen causas adicionales —como cáncer, obesidad, enfermedades reumáticas o malnutrición— se denomina sarcopenia secundaria. También un estilo de vida sedentario o la falta de actividad física pueden desencadenarla incluso en etapas más tempranas de la vida.
El grupo europeo European Working Group on Sarcopenia in Older People 2 (EWGSOP2), propone una clasificación sencilla que permite identificar la gravedad de la sarcopenia:
Para medirla, se usan pruebas sencillas como:
La masa y la fuerza muscular aumentan desde la infancia hasta la juventud, alcanzando su máximo en torno a los 30-40 años. A partir de entonces, comienza un declive progresivo. A partir de los 40 años se pierde aproximadamente un 8 % de músculo cada década. Después de los 70 años, esta pérdida puede llegar al 15 % cada década.
La sarcopenia tiene un origen multifactorial y hay varias causas que suelen actuar de manera conjunta:
Además del paso natural del tiempo, existen otros factores que aceleran la pérdida de masa y fuerza muscular y que explican por qué la sarcopenia progresa más rápidamente en algunas personas:
Los síntomas de la sarcopenia más comunes son:
Señales tempranas como cansancio al subir escaleras o dificultad para realizar tareas cotidianas pueden indicar el inicio del problema.
La sarcopenia tiene un impacto directo en la calidad de vida. Las personas mayores con sarcopenia tienen más riesgo de sufrir:
La reducción de masa y fuerza muscular afecta a la capacidad para realizar actividades cotidianas, promueve el aislamiento social y acelera el deterioro funcional. Todo esto influye negativamente en la autonomía y aumenta la necesidad de cuidados.
La sarcopenia no tiene una “cura” como tal, pero sí puede mejorar significativamente, o ralentizar su progresión con las intervenciones adecuadas. El tratamiento recomendado se basa en dos pilares:
La evidencia muestra que el ejercicio de fuerza es la intervención más eficaz para mejorar la función muscular en personas con sarcopenia. Además, combinar fuerza con ejercicio aeróbico y de equilibrio mejora aún más la calidad de vida.
El entrenamiento de fuerza incluye:
Los programas de fuerza efectivos para mayores suelen incluir entre 1 y 3 sesiones por semana, aunque lo más recomendado como mínimo son dos sesiones completas de cuerpo entero, realizadas con un nivel de esfuerzo alto pero seguro.
Las personas mayores que consumen alimentos ricos en proteínas de alta calidad, dentro de una dieta saludable, equilibrada y variada, tienen menor riesgo de deterioro físico y posiblemente de desarrollar sarcopenia. Entre los alimentos más recomendados, por su aporte de proteínas se encuentran:
Los lácteos son especialmente interesantes debido a su aporte de leucina, un aminoácido esencial que es crucial para estimular la síntesis de proteínas musculares. Además, cuando están fortificados, son una buena fuente de vitamina D, esencial para una correcta función muscular.
La prevención debe comenzar mucho antes de que aparezcan los síntomas:
Las estrategias más efectivas para poder prevenir o retrasar el desarrollo de la sarcopenia son, como hemos visto a lo largo del artículo: moverse más, entrenar fuerza, comer suficiente proteína y mantener hábitos saludables.
Bibliografía
Cruz-Jentoft AJ, Bahat G, Bauer J, Boirie Y, Bruyère O, Cederholm T, et al. Sarcopenia: revised European consensus on definition and diagnosis. Age Ageing. 2019;48(1):16–31. http://dx.doi.org/10.1093/ageing/afy169
Kirk B, Cawthon PM, Arai H, Ávila-Funes JA, Barazzoni R, Bhasin S, et al. The conceptual definition of sarcopenia: Delphi consensus from the Global Leadership Initiative in sarcopenia (GLIS). Age Ageing. 2024;53(3). http://dx.doi.org/10.1093/ageing/afae052
Hurst C, Robinson SM, Witham MD, Dodds RM, Granic A, Buckland C, et al. Resistance exercise as a treatment for sarcopenia: prescription and delivery. Age Ageing. 2022;51(2). http://dx.doi.org/10.1093/ageing/afac003