
Las legumbres forman parte de una alimentación saludable y son alimentos indispensables dentro de la dieta mediterránea. Destacan por su combinación de proteínas vegetales, hidratos de carbono complejos, fibra, vitaminas y minerales. Además de nutritivas, son económicas, versátiles y fáciles de conservar. Lentejas, garbanzos, alubias, guisantes secos, habas secas, soja y altramuces son algunos ejemplos de legumbres que pueden utilizarse durante todo el año en platos tradicionales y preparaciones más ligeras.
Las legumbres son las semillas secas, limpias y separadas de la vaina de plantas de la familia de las leguminosas. En alimentación, el término se aplica principalmente a las semillas que se consumen secas, aunque algunas especies también se comen frescas. Por su composición nutricional constituyen un grupo propio: aportan una proporción relevante tanto de hidratos de carbono como de proteínas, además de fibra y micronutrientes.
Grano es un término amplio que describe una semilla cosechada para la alimentación. Puede referirse tanto a cereales, como trigo, arroz o maíz, como a legumbres. La diferencia está en la planta de origen: los cereales proceden de gramíneas y aportan principalmente almidón, mientras que las legumbres proceden de plantas leguminosas y suelen contener más proteína y fibra. Por tanto, toda legumbre seca puede considerarse un grano, pero no todo grano es una legumbre.
Vegetal es el concepto más general y engloba a todos los alimentos de origen vegetal. Una hortaliza es una planta comestible cultivada en la huerta, de la que pueden consumirse hojas, tallos, raíces, frutos o flores. Una legumbre, en cambio, es la semilla de una planta leguminosa que habitualmente se recolecta madura y seca. Así, una zanahoria o un calabacín son hortalizas, mientras que una lenteja o un garbanzo son legumbres. Las judías verdes y los guisantes tiernos se consideran hortalizas desde el punto de vista culinario porque se comen frescos con un mayor contenido de agua.
Las legumbres aportan tanto hidratos de carbono como proteínas. En seco, suelen contener una proporción elevada de hidratos de carbono, principalmente en forma de almidón, entre un 20 % y un 30 % de proteínas, según el tipo, y una cantidad importante de fibra. Por eso, afirmar que las legumbres son hidratos de carbono o que son proteínas resulta incompleto: nutricionalmente, aportan ambos macronutrientes.
Aunque la mayoría presenta un contenido limitado de algunos aminoácidos azufrados, dentro de una alimentación variada, los cereales, los frutos secos y otros alimentos contribuyen a complementar su perfil proteico, sin necesidad de combinarlos en la misma comida.
Entre los principales tipos de legumbres se encuentran las lentejas, garbanzos, alubias o judías secas, guisantes secos, habas secas, soja y altramuces.
Elegir distintas variedades permite ampliar sabores, texturas y preparaciones.
Las propiedades nutricionales de las legumbres se deben a su contenido en proteína vegetal, fibra, hidratos de carbono complejos, folatos y minerales como hierro, magnesio, fósforo, potasio y zinc. Generalmente, presentan un bajo contenido en grasa, con excepciones como la soja y el cacahuete, y no contienen colesterol. Su consumo regular, dentro de una alimentación saludable, contribuye a aumentar la ingesta de fibra y proteína vegetal. Además, algunos estudios han observado efectos favorables modestos sobre determinados marcadores cardiometabólicos.
Las recetas con legumbres van mucho más allá de los platos de cuchara. Pueden añadirse a ensaladas con hortalizas, triturarse para preparar hummus o patés, incorporarse a cremas y sopas, saltearse con verduras o utilizarse como base de hamburguesas caseras. También funcionan en curris, tacos, arroces y guisos. Las conservas cocidas son una alternativa práctica: basta con escurrirlas y enjuagarlas para reducir el líquido de cobertura y parte de la sal. Para introducirlas progresivamente, puede comenzarse con una guarnición o sustituir parte de la carne de una receta por lentejas, alubias o garbanzos.
Las recomendaciones actuales de la AESAN proponen consumir al menos cuatro raciones de legumbres por semana. La cantidad concreta debe adaptarse a las necesidades energéticas, la edad y el conjunto de la dieta. Pueden tomarse como plato principal o como parte de ensaladas, guarniciones y cremas, alternando variedades para evitar la monotonía.
La soja es una de las legumbres con más proteínas, seguida por los altramuces y, según la variedad, lentejas, alubias y garbanzos. La comparación debe hacerse en el mismo estado, porque el contenido por 100 gramos disminuye al cocerlas debido al agua que absorben. Más allá de elegir la variedad con la cifra más alta, interesa valorar la ración consumida, la frecuencia y el conjunto de alimentos que forman la dieta.
Las legumbres secas tienen una vida útil larga, pero no son inalterables. Deben guardarse en un recipiente cerrado, en un lugar fresco, seco y protegido de la luz. Con el tiempo pueden endurecerse y necesitar más cocción, aunque no siempre exista un problema de seguridad. Conviene respetar la fecha del envase y desecharlas si presentan humedad, moho, insectos u olores anómalos. Las legumbres cocidas, tanto caseras como de conserva una vez abiertas, deben refrigerarse en un recipiente limpio y consumirse en pocos días; también pueden congelarse en porciones.
Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. Informe sobre recomendaciones dietéticas sostenibles y recomendaciones de actividad física para la población española. Rev Com Cient AESAN. 2022;(36):11-70.
Thorisdottir B, Arnesen EK, Bärebring L, Dierkes J, Lamberg-Allardt C, Ramel A, et al. Legume consumption in adults and risk of cardiovascular disease and type 2 diabetes: a systematic review and meta-analysis. Food Nutr Res. 2023;67.

Cuando aparece la diarrea, la alimentación puede ayudar a reducir las molestias, mejorar la consistencia de las deposiciones y prevenir la deshidratación. La dieta astringente es una pauta temporal que prioriza alimentos fáciles de digerir, bajos en fibra insoluble y con capacidad para absorber agua en el intestino.
En este artículo te contamos qué es la dieta astringente, qué alimentos conviene incluir, cuáles es mejor evitar y cómo organizar un menú sencillo mientras el aparato digestivo se recupera. Recuerda que, si la diarrea se prolonga, es importante consultar con un profesional sanitario.
La dieta astringente es un patrón de alimentación temporal diseñado para reducir el volumen y la frecuencia de las deposiciones y favorecer la recuperación del aparato digestivo, especialmente en situaciones de diarrea aguda, gastroenteritis o procesos con irritación intestinal.
La dieta astringente se centra en alimentos que ayudan a disminuir la frecuencia de las deposiciones y a hacerlas más consistentes. La dieta blanda astringente, además, busca que las preparaciones sean suaves para el aparato digestivo, busca facilitar la digestión general: cocciones sencillas, poca grasa, raciones pequeñas y alimentos de fácil masticación y digestión.
Por eso, cuando hay diarrea, no solo importa qué comer, sino también cómo prepararlo: mejor hervido, al vapor, al horno o a la plancha.
La dieta astringente debe adaptarse a la tolerancia de cada persona y avanzar de forma progresiva. En general, puede organizarse en tres fases:
Los alimentos más recomendables son aquellos que aportan energía y nutrientes sin estimular en exceso el tránsito intestinal. Algunos de estos alimentos, como el plátano o la manzana, aportan pectinas, mientras que el arroz contiene almidones de fácil digestión que pueden contribuir a mejorar la consistencia de las deposiciones. Algunos ejemplos son:
Lo ideal es comer pequeñas cantidades varias veces al día, masticar bien y evitar comidas copiosas hasta que el ritmo intestinal se normalice.
Durante el episodio de diarrea, conviene limitar los alimentos que pueden aumentar el tránsito intestinal o empeorar la pérdida de líquidos. Entre ellos destacan:
La duración de una dieta astringente depende de la evolución de los síntomas. Como orientación, este menú puede servir para los primeros días, adaptando las cantidades al apetito y a la tolerancia individual.
Cuando las deposiciones vayan mejorando, se pueden reintroducir poco a poco otros alimentos, siempre observando la tolerancia y evitando volver demasiado pronto a comidas grasas, muy azucaradas o ricas en fibra.
Consulta con un profesional si la diarrea dura más de 48 horas, y aparece otra sintomatología asociada. En bebés, niños pequeños, personas mayores, embarazadas o pacientes con enfermedades previas, la valoración médica debe ser más precoz.

Cada vez más personas se preguntan cómo pueden comer de forma más responsable. No solo por motivos de salud, sino también por el impacto que tienen nuestras elecciones alimentarias sobre el medioambiente.
La buena noticia es que cuidar de nuestra alimentación y cuidar del planeta no son objetivos incompatibles. De hecho, la evidencia científica muestra que muchos hábitos asociados a una dieta saludable también contribuyen a un modelo de consumo más sostenible.
La alimentación sostenible busca precisamente ese equilibrio: aportar los nutrientes necesarios para mantener una buena salud mientras se minimiza el impacto ambiental del sistema alimentario. Además, promueve un uso más eficiente de los recursos y contribuye a preservar su disponibilidad para las generaciones futuras.
Cuando hablamos de qué es la alimentación sostenible, nos referimos a una alimentación que proporciona todos los nutrientes necesarios para mantener la salud, al mismo tiempo que reduce su impacto ambiental y resulta accesible para la población.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), las dietas sostenibles deben:
La importancia de la alimentación sostenible radica en que ayuda a proteger el medioambiente, favorece una alimentación equilibrada, reduce el desperdicio alimentario y contribuye a que las generaciones futuras dispongan de recursos suficientes para producir alimentos.
Entre las principales características de la alimentación sostenible destacan:
En otras palabras, la sostenibilidad no depende de un único alimento, sino del patrón alimentario en su conjunto.
Aunque suelen utilizarse como sinónimos, no significan exactamente lo mismo.
Una alimentación saludable se centra en aportar energía y nutrientes en cantidades adecuadas para mantener un buen estado de salud.
La alimentación sostenible, además de contemplar la nutrición, incorpora otros factores como el impacto ambiental, la disponibilidad de recursos, el coste económico y la aceptación social y cultural.
Por ello, toda dieta sostenible debe ser saludable, pero no toda dieta saludable cumple necesariamente todos los criterios de sostenibilidad.
Un modelo alimentario sostenible analiza todo el recorrido de los alimentos, desde su producción hasta su consumo final.
Aspectos como el uso del agua, las emisiones de gases de efecto invernadero, el transporte, el procesado o el desperdicio alimentario influyen en la sostenibilidad del sistema alimentario.
La producción sostenible de alimentos persigue optimizar el uso de los recursos naturales y minimizar el impacto ambiental sin comprometer la calidad nutricional de los alimentos producidos.
La evidencia científica señala que las dietas sostenibles deben preservar la adecuación nutricional y evitar déficits de nutrientes esenciales, especialmente en grupos vulnerables como niños, mujeres embarazadas o personas mayores.
Numerosos organismos científicos abogan por patrones alimentarios equilibrados que combinen alimentos vegetales variados con cantidades adecuadas de alimentos de origen animal ricos en nutrientes, según las necesidades de cada población, ya que ambos desempeñan funciones complementarias por el aporte de nutrientes de cada grupo de alimentos.
Los principales beneficios de una alimentación sostenible afectan tanto a las personas como al entorno.
Cuando hablamos de cuáles son los alimentos sostenibles, no existe una única respuesta.
La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda que una dieta saludable y sostenible incluya principalmente hortalizas y verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva y pescado, especialmente azul.
Además, la dieta mediterránea, reconocida como uno de los patrones alimentarios más saludables, se alinea con estos principios al combinar una elevada presencia de alimentos vegetales con el consumo de pescado, huevos, carne, leche y derivados lácteos.
Respecto a los lácteos, la evidencia destaca que aportan proteínas de alta calidad, calcio, vitamina B12, yodo, fósforo y otros nutrientes esenciales. Estos nutrientes complementan los aportados por los alimentos vegetales, como la fibra, el folato o la vitamina C.
Una alimentación sostenible implica integrar los alimentos de origen animal de forma equilibrada dentro del conjunto de la dieta y según las necesidades de cada persona.
Estos consejos para una alimentación saludable y sostenible pueden ayudarte a empezar:
Pequeños cambios mantenidos en el tiempo pueden tener un gran impacto sobre la salud y el medioambiente.
Si buscas ejemplos de platos para una alimentación saludable y sostenible, estas combinaciones pueden servirte de inspiración:
Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). (2022). Recomendaciones dietéticas saludables y sostenibles para la población española.
European Dairy Association. (2026). The complementary role of dairy and plant foods in sustainable diets.

La Dieta Mediterránea es un estilo de vida saludable y equilibrado que va más allá de una simple pauta alimentaria. Reúne tradiciones culinarias, productos del entorno, formas de cocinar y compartir la mesa que han evolucionado durante generaciones en los países mediterráneos.
Se caracteriza por el consumo predominante de alimentos de origen vegetal, como las frutas, verduras y hortalizas; las legumbres; los cereales, preferiblemente integrales; los frutos secos y semillas; y el aceite de oliva, especialmente el virgen extra, como principal fuente de grasa. También incluye el consumo habitual de pescado y marisco, huevos y carnes blancas, junto con la presencia de leche y derivados lácteos, como yogur natural, kéfir o quesos, dentro de una alimentación variada y equilibrada.
Su valor cultural ha sido reconocido por la UNESCO como patrimonio vivo, por su papel en la transmisión de conocimientos, celebraciones, técnicas culinarias y formas de convivencia vinculadas a la alimentación.
La Dieta Mediterránea puede entenderse como un patrón alimentario de alta calidad nutricional, basado en alimentos frescos y mayoritariamente vegetales, que además favorece una forma de consumo más conectada con el territorio, la temporada y la vida social.
Es el patrimonio resultante de milenios de intercambios en la cuenca mediterránea que han definido y caracterizado los hábitos alimentarios de los países de esta región. Los países reconocidos por la UNESCO: En el marco de su declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, se reconoce la participación de siete países fundamentales: España, Grecia, Italia, Marruecos, Chipre, Portugal y Croacia
Sus beneficios se explican por la combinación de alimentos, actividad física, cocina tradicional y hábitos sociales. Por eso, sus efectos van más allá de la nutrición e incluyen salud, cultura alimentaria y sostenibilidad.
La evidencia de PREDIMED y PREDIMED-Plus apunta a que el patrón mediterráneo, especialmente cuando se acompaña de actividad física y control energético en personas con exceso de peso o riesgo metabólico, puede contribuir a reducir el riesgo de diabetes tipo 2. En PREDIME, estudiada la versión suplementada con aceite de oliva virgen extra o frutos secos mostró una reducción cercana al 30% frente a una dieta baja en grasas.
Sí. La Dieta Mediterránea se considera un patrón alimentario saludable y sus beneficios han sido ampliamente evaluados en estudios científicos, especialmente en relación con la salud cardiovascular, el control metabólico y la prevención de enfermedades crónicas.
La pirámide tradicional de la Dieta Mediterránea se ha actualizado para reflejar mejor el estilo de vida actual. Esta revisión, impulsada por la Fundación Dieta Mediterránea en colaboración con diferentes entidades internacionales, ha contado con el consenso de un amplio grupo de expertos de áreas como la nutrición, la antropología, la sociología o la agricultura. El resultado es un nuevo esquema que no solo ordena los alimentos según su frecuencia de consumo, sino que también incorpora aspectos cualitativos relacionados con la forma de elegir, preparar y disfrutar los alimentos.
Dentro de la Dieta Mediterránea, los alimentos recomendados no se entienden de forma aislada, sino como parte de un patrón global basado en la variedad, la moderación y la frecuencia de consumo. Este modelo alimentario prioriza los alimentos de origen vegetal, el aceite de oliva como principal fuente de grasa, el consumo regular de pescado, legumbres y frutos secos, así como una presencia moderada de otros alimentos como los lácteos, los huevos y las carnes.
La Dieta Mediterránea promueve una forma equilibrada y sostenible de alimentarse, en la que predominan los productos frescos, de temporada y mínimamente procesados. Para entender mejor cómo se aplica en el día a día, conviene conocer qué alimentos forman parte de la Dieta Mediterránea y con qué frecuencia se recomienda consumirlos:
El agua ha de ser la fuente principal de hidratación. Se debe garantizar el aporte diario de entre 1,5 y 2 litros de agua.
Desde el punto de vista nutricional, los productos lácteos destacan por su aporte de proteínas de alto valor biológico, minerales como el calcio y el fósforo, y diferentes vitaminas. Dentro de este grupo, las leches fermentadas, como el yogur o el kéfir, resultan especialmente interesantes, ya que contienen microorganismos vivos que pueden contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal. Por ello, la leche y sus derivados forman parte de la Dieta Mediterránea.
La Dieta Mediterránea no prohíbe alimentos de forma estricta, sino que se basa en un patrón de consumo en el que importan la frecuencia, la calidad de los alimentos y el equilibrio global de la dieta. Por eso, más que hablar de alimentos “prohibidos”, conviene hablar de alimentos de consumo ocasional. No forman parte de la base de este modelo alimentario, pero pueden tener cabida de manera puntual si el conjunto de la alimentación se mantiene saludable, variado y basado principalmente en alimentos frescos, de temporada y poco procesados.
Un menú mediterráneo puede ser sencillo, variado y fácil de adaptar al día a día. La clave está en combinar alimentos frescos y de temporada, utilizar aceite de oliva como grasa principal, incluir alimentos de origen vegetal en cada comida y completar la dieta con fuentes de proteína de calidad, como pescado, huevos, legumbres o leche y/o derivados lácteos.
En definitiva, la Dieta Mediterránea es mucho más que una forma de alimentarse, basada en alimentos frescos y de origen vegetal, productos locales y de temporada, recetas tradicionales y una vida activa, combina salud, cultura y sostenibilidad en un mismo modelo. Compartir la mesa, disfrutar de la cocina y mantenerse físicamente activo forman parte de una filosofía que ha perdurado generación tras generación y que, hoy en día, sigue siendo una de las recomendaciones más respaldadas por la evidencia científica para cuidar nuestra salud y bienestar.

Las personas con intolerancia a la lactosa pueden experimentar síntomas poco después de consumir alimentos o bebidas que contienen lactosa. Estos síntomas son principalmente de carácter gastrointestinal y su intensidad puede variar en función de la cantidad de lactosa ingerida y del grado de intolerancia de cada persona. Entre los más frecuentes y característicos se encuentran la hinchazón abdominal, la diarrea y el dolor o malestar abdominal.
Si notas molestias digestivas —como hinchazón, gases, dolor abdominal o diarrea— de forma repetida después de tomar leche o productos lácteos, puede existir una sospecha de malabsorción de lactosa y, en consecuencia, con la aparición de síntomas, de intolerancia a la lactosa. Aun así, esta sintomatología no es exclusiva de esta condición y pueden confundirse con otros trastornos digestivos, por lo que conviene consultar con un profesional sanitario antes de sacar conclusiones. No es recomendable autodiagnosticarse ni eliminar los lácteos de forma drástica sin una valoración previa.
Una de las pruebas más utilizadas para detectar malabsorción de lactosa es el test de hidrógeno en el aliento. Consiste en ingerir una cantidad controlada de lactosa y medir, en distintos intervalos, el hidrógeno presente en el aire exhalado. Cuando la lactosa no se digiere correctamente, llega al colon y es fermentada por las bacterias intestinales, produciendo hidrógeno que posteriormente se elimina a través de la respiración. Durante la prueba también se registran los síntomas, ya que la combinación de sospecha de malabsorción y aparición de molestias ayuda a orientar el diagnóstico de intolerancia a la lactosa. En algunos casos también pueden emplearse otras pruebas, como el test de tolerancia a la lactosa en sangre, siempre bajo criterio médico.
La malabsorción de lactosa no siempre implica intolerancia a la lactosa. La intolerancia se diagnostica cuando la malabsorción se acompaña de síntomas gastrointestinales tras la ingesta de lactosa.
La intolerancia primaria a la lactosa es poco frecuente en bebés. En algunos casos puede aparecer una intolerancia secundaria y transitoria tras una gastroenteritis u otra lesión de la mucosa intestinal. La deficiencia congénita de lactasa está presente desde el nacimiento, pero es extremadamente rara. Síntomas como diarrea persistente, distensión abdominal, escasa ganancia de peso o signos de deshidratación requieren valoración pediátrica, ya que pueden deberse a distintas causas y no son específicos de la intolerancia a la lactosa.
En las personas con malabsorción de la lactosa, este azúcar no se digiere completamente en el intestino delgado y llega al colon, donde es fermentado por la microbiota intestinal. Como consecuencia, se generan diversos compuestos, entre ellos gases y ácidos orgánicos, que pueden ocasionar la sintomatología. Los síntomas de la intolerancia a la lactosa, así como su gravedad, pueden variar entre individuos, dependiendo de la cantidad de lactosa ingerida y la capacidad del individuo para digerirla.
Los síntomas más frecuentes asociados a la intolerancia a la lactosa son dolor abdominal, gases, hinchazón abdominal, alteraciones del ritmo intestinal y diarrea. En algunos casos, aunque con menor frecuencia, también pueden producirse náuseas y vómitos.
La leche no “sienta mal” por sí misma. En las personas con intolerancia a la lactosa, las molestias aparecen cuando el intestino delgado no produce suficiente lactasa, la enzima que permite digerir la lactosa, o cuando no logra descomponer toda la cantidad ingerida. Entonces, la lactosa no digerida llega al colon, donde la microbiota intestinal la fermenta y se generan gases, ácidos orgánicos y agua. Este proceso puede provocar síntomas como distensión abdominal o hinchazón, gases, dolor abdominal o diarrea. Por eso, más que hablar de que “la leche sienta mal”, lo correcto es decir que, en algunas personas, puede haber dificultades para digerir la lactosa.
La tolerancia a la lactosa es individual y depende de varios factores: la cantidad de lactosa ingerida, el nivel residual de lactasa, la velocidad del tránsito intestinal, la composición de la microbiota y la sensibilidad visceral de cada persona. Por eso, dos personas con una malabsorción similar pueden presentar síntomas muy diferentes. La evidencia disponible indica que no existe un umbral único válido para todas las personas intolerantes. Algunas pueden tener síntomas con cantidades bajas, mientras que muchas personas con maldigestión de lactosa toleran mayor cantidad.
Como referencia, EFSA señala que la gran mayoría de las personas con maldigestión de lactosa tolera hasta unos 12 g en una sola toma (aproximadamente la cantidad presente en un vaso de leche) con síntomas ausentes o leves, aunque algunas personas pueden presentar molestias con dosis inferiores. Cantidades mayores pueden tolerarse mejor si se reparten a lo largo del día y se consumen con otros alimentos.
La causa más habitual es la deficiencia primaria de lactasa, la forma más frecuente, determinada genéticamente y caracterizada por la disminución progresiva de la actividad de la enzima lactasa. Es un proceso fisiológico frecuente en la población mundial y no debe confundirse con una alergia a la proteína de la leche. Los síntomas suelen aparecer años más adelante, cuando la cantidad de lactasa disponible ya no es suficiente para digerir la carga de lactosa consumida.
También existe la deficiencia secundaria de lactasa, que aparece cuando una enfermedad, infección o lesión daña la mucosa del intestino delgado y reduce temporalmente la producción de lactasa.
Y, aunque mucho menos frecuente, existe la deficiencia congénita de lactasa, presente desde el nacimiento y causada por una alteración genética que impide producir suficiente lactasa.
Gestionar la intolerancia a la lactosa consiste, sobre todo, en adaptar la alimentación a la tolerancia individual sin hacer restricciones innecesarias. No es necesario eliminar los lácteos, sino ajustar la cantidad, elegir opciones sin lactosa o bajas en lactosa y asegurar una dieta equilibrada que cubra nutrientes clave como el calcio y las proteínas, presentes en los productos lácteos, así como la vitamina D, que puede proceder de alimentos enriquecidos, otros alimentos de la dieta o la exposición solar.
Lo más importante en una dieta para intolerantes a la lactosa es evitar restricciones innecesarias y asegurar el aporte de nutrientes como calcio, vitaminas, proteínas y otros minerales presentes en la leche y sus derivados. Ser intolerante a la lactosa no implica necesariamente eliminar todos los lácteos, sino adaptar la cantidad y el tipo de productos según la tolerancia individual. En muchos casos pueden incluirse alternativas sin lactosa y, si se toleran bien, también yogures, kéfir o quesos curados, que suelen contener menos lactosa.
La leche y sus derivados pueden formar parte de una alimentación equilibrada también en personas con intolerancia a la lactosa, siempre ajustando su consumo al grado de tolerancia individual. Según la cantidad de lactosa que cada persona tolere, puede ser suficiente adaptar la ración, elegir lácteos con menor contenido en lactosa, como yogures o quesos, u optar por leche y derivados sin lactosa. Además, una dieta variada puede incluir alimentos naturalmente libres de lactosa, como carnes, pescados, huevos, legumbres, frutas, verduras, frutos secos, arroz, pasta o patata. La clave es personalizar la elección de alimentos, revisar el etiquetado cuando sea necesario y mantener el aporte de nutrientes importantes presentes en los lácteos, como calcio y proteínas, sin olvidar otros nutrientes relevantes para la salud ósea, como la vitamina D.
A continuación, resolvemos algunas de las dudas más habituales sobre la intolerancia a la lactosa, sus síntomas y cómo adaptar la alimentación sin eliminar de forma innecesaria la leche y los derivados lácteos.
No. La intolerancia a la lactosa no se considera una enfermedad, sino una condición digestiva causada por una disminución o ausencia de lactasa, la enzima encargada de digerir la lactosa.
La intolerancia a la lactosa no suele causar cansancio de forma directa. Los síntomas más habituales son digestivos. Sin embargo, si una persona presenta molestias frecuentes, diarrea o una alimentación muy restrictiva para evitar la lactosa, podría experimentar sensación de fatiga o malestar general.
Sí, siempre que no exista alergia a la proteína de la leche. La intolerancia a la lactosa y la alergia a la proteína de la leche son condiciones diferentes: en la intolerancia, la dificultad está en digerir el azúcar de la leche (la lactosa), mientras que en la alergia interviene una reacción inmunológica frente a proteínas lácteas. Por eso, una persona con intolerancia a la lactosa generalmente puede consumir proteína de leche si el producto es bajo en lactosa o sin lactosa, pero tiene que evitarla si tiene alergia diagnosticada a la proteína de la leche.
Sí. De hecho, es la situación más frecuente. La producción de lactasa suele disminuir de forma natural con la edad en muchas personas, lo que puede hacer que la intolerancia aparezca durante la adolescencia o la edad adulta. También puede desarrollarse temporalmente tras determinadas enfermedades o alteraciones intestinales que afecten a la mucosa del intestino delgado.
Central Lechera Asturiana posee una amplia gama de lácteos sin lactosa:
Leches sin lactosa
Nata sin lactosa
Mantequilla sin lactosa
Quesos sin lactosa
Y nuestra Gama Suprema que también es sin lactosa
European Food Safety Authority (EFSA). Scientific Opinion on lactose thresholds in lactose intolerance and galactosaemia. EFSA Journal. 2010;8(9):1777. doi:10.2903/j.efsa.2010.1777.
National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases (NIDDK). Lactose Intolerance: symptoms, causes, diagnosis, treatment and diet.