
Las etiquetas de los alimentos tienen como objetivo principal informar al consumidor sobre las características del producto y su uso seguro. A través de datos como la fecha de caducidad o la fecha de consumo preferente, ayudan a tomar decisiones informadas, garantizar la seguridad alimentaria y fomentar un consumo responsable.No tener una adecuada comprensión de las fechas indicadas en el etiquetado contribuye al desperdicio alimentario, ya que una de sus principales causas es la confusión entre las menciones fecha de caducidad y consumir preferentemente antes de. Conocer sus diferencias facilita una mejor planificación de las comidas, una correcta conservación de los alimentos e implica tomar decisiones más acertadas sobre qué productos se pueden aprovechar y cuáles deben desecharse.
La fecha de caducidad indica el último día en que un alimento perecedero es seguro para su consumo, siempre que se hayan respetado las condiciones de conservación indicadas por el fabricante. Esta información sirve para proteger la salud del consumidor, evitando el consumo de productos que puedan representar un riesgo microbiológico.
Se indica en alimentos muy perecederos y, una vez superada esta fecha, el producto no debe consumirse. Es importante seguir las instrucciones de conservación, especialmente una vez abierto el envase, siempre que el fabricante así lo indique. Una forma de alargar su conservación es congelar los alimentos antes de que alcancen la fecha de caducidad.
Sí, un alimento puede consumirse el mismo día que caduca. La fecha de caducidad marca el último día en el que el producto es seguro, por lo que durante ese día todavía puede consumirse con normalidad.
Es importante que el alimento se haya mantenido en las condiciones de conservación recomendadas por el fabricante (por ejemplo, mantener refrigerado entre 0 °C y 4 °C) y que no presente signos de deterioro, como mal olor, cambios de color o una textura diferente a la esperada.
A partir del día siguiente a la fecha de caducidad, el alimento no debe consumirse, aunque aparentemente esté en buen estado, ya que podría suponer un riesgo para la salud. La fecha de caducidad es establecida por el fabricante tras realizar estudios de vida útil, pruebas microbiológicas y evaluaciones de seguridad, que determinan hasta qué día el alimento puede consumirse sin riesgo.
Cuando en un alimento se indica la fecha de consumo preferente, significa que hasta ese día el fabricante garantiza que el producto mantiene sus cualidades organolépticas, como el sabor, el aroma, la textura o la frescura.
Una vez superada esta fecha, el alimento puede seguir consumiéndose sin suponer un riesgo para la salud, siempre que se haya conservado adecuadamente, aunque es posible que haya perdido parte de estas cualidades. Esta indicación suele encontrarse en alimentos de larga duración.
Como hemos visto, la fecha de consumo preferente indica hasta qué día el producto mantiene sus cualidades organolépticas óptimas. Sin embargo, una vez superada esta fecha, el alimento no caduca en términos de seguridad, y puede consumirse sin riesgo siempre que se haya conservado correctamente.
Para comprobar si el producto sigue siendo apto para el consumo, es aconsejable valorar su aspecto, olor, sabor, incluso que mantenga la textura esperada y asegurarse de que no presenta alteraciones que indiquen deterioro.
Para identificar si un alimento indica fecha de caducidad o fecha de consumo preferente, basta con fijarse en la redacción que aparece en la etiqueta.
La fecha de caducidad irá precedida de la indicación «fecha de caducidad» y a continuación la propia fecha o de una referencia al lugar donde se indica la fecha en la etiqueta.
La fecha de duración mínima o fecha de consumo preferente debe indicarse de la siguiente manera:
En ambos casos, esta mención irá acompañada de la fecha completa, o de una referencia al lugar de la etiqueta donde figure la fecha.
Los productos que llevan fecha de caducidad son productos muy perecederos, que pueden representar un riesgo para la salud si se consumen fuera del plazo indicado, incluso aunque presenten buen aspecto u olor. Los ejemplos de alimentos más habituales son carne y pescados frescos, platos preparados refrigerados o leche pasteurizada, entre otros.
La fecha de consumo preferente se aplica a alimentos más estables, a los que el paso del tiempo afecta principalmente a la calidad del producto, pero sin afectar necesariamente a la salubridad, siempre y cuando hayan tenido un buen conservado. Alimentos como pasta, legumbres secas, conservas y yogures llevan fecha de consumo preferente.
Revisar las etiquetas de los alimentos y aprender a diferenciar entre fecha de caducidad y fecha de consumo preferente es un gesto sencillo que permite organizar mejor la compra y la planificación de las comidas, consumir los alimentos de forma segura y aprovecharlos al máximo.

La leche es un alimento con una composición única y compleja, ya que aporta todos los nutrientes: proteínas de alto valor biológico, grasas, carbohidratos, vitaminas y minerales biodisponibles como el calcio. Pero, además de estos nutrientes, la leche contiene una serie de componentes o compuestos bioactivos que forman parte natural de su matriz y que pueden influir en procesos biológicos del organismo con funciones que van más allá de las estrictamente nutricionales.
Estos compuestos bioactivos pueden encontrarse de forma natural en la leche, pero también generarse durante la fermentación (como sucede en yogures y quesos) o durante la digestión.
Los compuestos o componentes bioactivos son sustancias presentes en los alimentos que, más allá de su valor nutricional, ejercen efectos positivos en el organismo.
En el caso de la leche, estos compuestos bioactivos proceden principalmente de sus proteínas, lípidos y carbohidratos, e incluyen moléculas como péptidos bioactivos, así como componentes lipídicos como la membrana del glóbulo graso de la leche (MFGM), el ácido linoleico conjugado (CLA), antioxidantes lipofílicos y oligosacáridos.
La leche contiene fundamentalmente dos tipos de proteínas:
Ambas son importantes por su función nutricional, pero también por su capacidad para generar un tipo de compuestos bioactivos durante la digestión o el procesamiento de la leche, conocidos como péptidos bioactivos de la leche: fragmentos pequeños de proteínas con actividades específicas (antihipertensivas, antioxidantes, inmunomoduladoras, etc.).
Aproximadamente dos tercios de los péptidos bioactivos de la leche de vaca proceden de las caseínas, lo que las convierte en unas de las principales fuentes de estos compuestos.
Además de los péptidos bioactivos que se pueden generar a partir de las proteínas lácteas, estas pueden tener distintas propiedades funcionales inherentes:
La grasa láctea es una de las grasas más complejas de la dieta humana, con más de 400 tipos de ácidos grasos identificados. Lejos de ser solo una fuente de energía, es también una fuente de componentes bioactivos con diversas funciones. Los lácteos enteros son más ricos en estos compuestos funcionales.
Los ácidos grasos de la leche incluyen una combinación de ácidos grasos saturados, monoinsaturados y poliinsaturados, y están también presentes otros ácidos grasos menos comunes como los de cadena corta, media, impar y ramificada.
Destacan componentes bioactivos como el ácido butírico, el ácido linoleico conjugado (CLA) y el trans-palmitoleico.
Algunas características clave:
Los lípidos de la leche son, además, el vehículo de las vitaminas liposolubles (A, D, E y K), así como carotenoides, con propiedades antioxidantes.
Además de lactosa, la leche contiene una pequeña fracción de carbohidratos funcionales en forma de oligosacáridos con potencial prebiótico (favorecen el crecimiento de bacterias beneficiosas). Aunque la leche humana es mucho más rica, la leche de vaca aporta estructuras con que muestran similitudes con los oligosacáridos de la leche humana o HMO (Human Milk Oligosaccharides), lo que sugiere funciones biológicas comparables. La concentración es mayor en calostro y menor en leche madura.
Bibliografía:
Marcone S, Belton O & Fitzgerald DJ. Milk-derived bioactive peptides and their health promoting effects: a potential role in atherosclerosis. Br J Clin Pharmacol. 2017; 83:152–162. doi: 10.1111/bcp.13002.
Lin T, Meletharayil G, Kapoor R, Abbaspourrad A. Bioactives in bovine milk: chemistry, technology, and applications. Nutr Rev. 2021;79(Suppl 2):48-69. doi:10.1093/nutrit/nuab09
Calvo MV, Castro-Gómez P, García-Serrano AM, Rodríguez Alcalá LM, Juárez M, Fontecha FJ. Grasa láctea: una fuente natural de compuestos bioactivos. 2014; https://digital.csic.es/handle/10261/113565
Auestad N, & Layman DK. Dairy bioactive proteins and peptides: a narrative review. Nutr Reviews. 2021;79(Suppl 2), 36–47. https://doi.org/10.1093/nutrit/nuab097
Santiago-López L, Aguilar-Toalá JE, Hernández-Mendoza A, Vallejo-Cordoba B, Liceaga AM& González-Córdova AF. Invited review: Bioactive compounds produced during cheese ripening and health effects associated with aged cheese consumption. Journal of Dairy Science. 2018;101(5), 3742–3757. https://doi.org/10.3168/jds.2017-13465
Govari M & Vareltzis P. Conjugated linoleic acid in cheese: A review of the factors affecting its presence. Journal of Food Science. 2025; 90, e70021. https://doi.org/10.1111/1750-3841.70021
Poppitt SD. Cow’s milk and dairy consumption: Is there now consensus for cardiometabolic health? Front Nutr. 2020;7:574725. http://dx.doi.org/10.3389/fnut.2020.574725

La inulina es una fibra soluble, considerada un fructooligosacárido de cadena corta (scFOS, por sus siglas en inglés) presente en muchas plantas; su fuente principal es la achicoria, cuyas raíces se utilizan sobre todo para producirla a nivel industrial.
La inulina es una fibra dietética soluble que se encuentra ampliamente en especies vegetales como polisacárido de reserva. Entre las principales fuentes de inulina se incluyen la achicoria, la cebolla, el ajo y la cebada; de todas ellas, las raíces de achicoria se utilizan con frecuencia como materia prima para la producción de inulina en la industria alimentaria.
Es ampliamente reconocido que la inulina, como prebiótico, ejerce un efecto destacado en la regulación de la microbiota intestinal, estimulando el crecimiento de bacterias beneficiosas de los géneros Bifidobacterium y Lactobacillus.
Además, la inulina presenta importantes beneficios para la salud, como, por ejemplo:
La inulina es un polisacárido natural formado por muchas unidades de fructosa unidas. Se encuentra de forma natural como carbohidrato de reserva en numerosas plantas, especialmente en sus raíces y tubérculos.
La inulina se ha identificado y extraído de múltiples familias botánicas. Entre las más importantes y conocidas están la achicoria (Cichorium intybus L.) y la alcachofa (Cynara cardunculus L.), pero también se encuentra en otras fuentes como, por ejemplo: tupinambo (Helianthus tuberosus L.), yacón (Smallanthus sonchifolius) y cabuya / agave (Agave americana).
Cuando la inulina llega al intestino actúa como prebiótico, por lo que es una gran aliada para la mejora del tránsito intestinal. Al no ser digerida, llega intacta al colon. Actúa estimulando el crecimiento de las bacterias intestinales que ejercen un papel positivo en el organismo, dando lugar a ácidos grasos de cadena media que reducen el pH, ayudando al aumento de la motilidad intestinal.
Este compuesto es utilizado por la industria alimentaria para aumentar la cantidad de fibra en determinados productos y, de esta manera, hacerlos más interesantes desde el punto de vista nutricional. Además, sirve como agente espesante reteniendo agua y formando geles, mejorando las características organolépticas del alimento.
La inulina de la achicoria, como se ha citado, es una fibra soluble, no viscosa, que fermenta completamente en el colon actuando como una fibra prebiótica.
Son muchas las personas que consumen la inulina en polvo, como suplemento, pero hoy en día existe una forma mucho más fácil y deliciosa de incorporarla a la rutina diaria: elegir alimentos que ya la incluyen de manera natural, como la achicoria, la cebolla o el ajo.
Una forma especialmente cómoda y eficaz de consumir inulina en tu día a día es a través de productos que ya la contienen, como nuestra Fibra de Central Lechera Asturiana, elaborada únicamente con leche y fibra 100% natural. Su fórmula combina inulina y maltodextrina resistente a la digestión (MRD), dos fibras solubles de origen vegetal que han demostrado favorecer el tránsito intestinal y mejorar el equilibrio de la microbiota.
Sustituye tu leche habitual por un vaso de nuestra Fibra de Central Lechera Asturiana en el momento del día que prefieras, por ejemplo, en el desayuno o en la merienda.
Puedes combinarla con café, cacao, té o cereales, igual que harías con cualquier otra leche.
Tomando solo un vaso (250 ml) al día obtienes aproximadamente el 40% de la fibra diaria recomendada, facilitando alcanzar la ingesta óptima sin esfuerzo.
No existe una cantidad diferente recomendada de fibra para las mujeres embarazadas respecto a un adulto sano. La cantidad diaria recomendada de fibra según la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) se establece en 25 g al día.
El consumo de fibra, incluida la inulina, puede ser beneficioso durante el embarazo, ya que ayuda a mejorar el tránsito intestinal, contribuye al equilibrio de la microbiota y favorece la regularidad intestinal, algo especialmente útil en una etapa en la que el estreñimiento es muy frecuente. El estreñimiento es una de las molestias más comunes del embarazo y puede prevenirse con un aporte suficiente de fibra.
La inulina suele ser bien tolerada, aunque en algunas personas puede provocar gases o hinchazón si se consume en grandes cantidades. Por ello, lo ideal es introducirla de forma gradual y priorizar fuentes naturales de fibra dentro de una alimentación variada.
Bibliografía

La “falta” de magnesio es más común de lo que parece: en España, aproximadamente 8 de cada 10 personas no consumen suficiente magnesio. Por eso, conviene conocer qué es la deficiencia de magnesio, por qué ocurre, cómo se manifiesta y en qué alimentos podemos encontrar este importante mineral.
La deficiencia de magnesio aparece cuando el organismo no recibe, no absorbe o pierde más magnesio del que necesita para funcionar correctamente, y es una de las deficiencias más subestimadas en los países occidentales.
La mayor parte del magnesio se encuentra en el hueso (50-60 %) y en los músculos, mientras que menos del 1 % circula en la sangre.
Existe un término clínico concreto: la hipomagnesemia, que se refiere a una concentración baja de magnesio en sangre. Se considera hipomagnesemia un valor de < 0,74 mmol/L (≈ < 1,7 mg/dL). Pero este dato no siempre refleja el estado real del organismo, porque la sangre contiene menos del 1 % del magnesio corporal total. Esto significa que una persona puede tener reservas bajas y presentar síntomas compatibles aunque el análisis salga dentro del rango normal. Además, la determinación de magnesio en sangre no se solicita de forma rutinaria, por lo que la deficiencia suele estar infradiagnosticada.
El magnesio participa en más de 600 reacciones enzimáticas del organismo porque actúa como un cofactor, es decir, una especie de “llave” que permite que muchas enzimas funcionen correctamente. Esta participación tan amplia explica por qué este mineral tiene efectos tan variados en la salud: reduce la fatiga, relaja los músculos, ayuda al equilibrio emocional, participa en la salud ósea, colabora en el control de la glucosa, contribuye al buen funcionamiento del sistema nervioso y favorece una presión arterial saludable, entre otros.
Para mantener un buen estado de salud es importante asegurar una ingesta adecuada de magnesio. Según las recomendaciones de la European Food Safety Authority (EFSA), las necesidades diarias para un adulto son de 350 mg en hombres y 300 mg en mujeres, incluyendo el embarazo y la lactancia.
Sin embargo, en España la ingesta media se sitúa alrededor de 222 mg al día, por lo que muchas personas no alcanzan estos valores y la falta de magnesio es algo relativamente frecuente.
Las posibles causas de la falta o deficiencia de magnesio son varias:
Dado que el magnesio interviene en numerosas funciones en el organismo e interactúa con otros minerales, es difícil asociar la falta de magnesio con síntomas específicos.
La falta o deficiencia de magnesio suele comenzar como una deficiencia subclínica, una situación en la que el cuerpo tiene reservas bajas pero casi no hay síntomas. Si aparecen, normalmente son síntomas leves e inespecíficos y pueden pasar desapercibidos: cansancio, fatiga, calambres, nerviosismo o sensibilidad al estrés, dificultad para dormir, depresión, dolor de cabeza, migrañas, pérdida de apetito, náuseas o vómitos.
Cuando el déficit progresa y afecta a la concentración en sangre, hablamos de deficiencia clínica o hipomagnesemia (< 1,7 mg/dL). Esta deficiencia clínica o severa es poco habitual en personas sanas, ya que cuando la ingesta de magnesio es baja de forma puntual, el organismo lo compensa reduciendo la excreción renal. En el caso de presentar hipomagnesemia pueden aparecer síntomas y signos más evidentes: temblores, espasmos, debilidad muscular, convulsiones, arritmias o alteraciones en el electrocardiograma.
La falta de magnesio se asocia con un mayor riesgo de desarrollar distintos problemas de salud cuando el déficit se mantiene en el tiempo.
Una baja ingesta de magnesio o la presencia de bajas concentraciones en sangre se han señalado como un posible factor relacionado con ciertas afecciones, como algunas enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo II, alteraciones del estado de ánimo, migrañas y dolores de cabeza, entre otros.
Aunque la falta de magnesio puede afectar a cualquier persona, existen ciertos grupos de población en los que el riesgo es mayor.
La falta de magnesio en mujeres puede estar relacionada con dietas restrictivas o hipocalóricas, estrés o determinadas etapas de la vida con mayores demandas fisiológicas, como el embarazo. Las mujeres embarazadas tienen requerimientos ligeramente aumentados de magnesio y suelen presentar ingesta subóptima. Sin embargo, la ingesta diaria recomendada de magnesio es la misma que antes del embarazo (300 mg/día), ya que existen mecanismos fisiológicos que compensan esa demanda aumentada (menor eliminación y mayor absorción de magnesio).
La falta de magnesio en embarazadas se asocia a complicaciones como preeclampsia, restricción del crecimiento intrauterino y parto prematuro. Se recomienda aumentar la ingesta de alimentos ricos en magnesio en esta etapa o suplementar cuando sea necesario, siempre bajo prescripción médica.
La falta de magnesio en hombres suele estar relacionada con una ingesta insuficiente en relación con sus necesidades, que son ligeramente superiores a las de las mujeres (350 mg/día vs. 300 mg/día). El consumo elevado de refrescos, incluso de alcohol, el estrés crónico, la actividad física intensa o ciertos medicamentos pueden aumentar las pérdidas de magnesio.
La falta de magnesio en ancianos es frecuente debido a una menor ingesta, absorción intestinal reducida y mayor pérdida renal. Los síntomas suelen ser inespecíficos y se asocia a mayor riesgo de poder padecer ciertas enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, fragilidad y deterioro funcional.
Los déficits crónicos de magnesio aumentan la producción de radicales libres, relacionados con el estrés oxidativo y con el desarrollo de varios trastornos crónicos relacionados con el envejecimiento.
Una alimentación variada y basada en alimentos poco procesados es la mejor estrategia para cubrir las necesidades diarias de magnesio.
Entre los alimentos más ricos en magnesio destacan:
También se encuentra, aunque en menor medida, en lácteos, carnes y huevos. Dependiendo de la dureza de agua (concentración mineral), esta también puede ser una fuente.
Aunque los lácteos no destacan por ser los alimentos más ricos en magnesio, sí contribuyen de forma relevante a la ingesta total de este mineral, especialmente en países occidentales.
De hecho, en España, la leche y sus derivados (yogur, queso, kéfir) constituyen la segunda fuente dietética de magnesio, aportando alrededor del 15-16 % del total consumido, solo por detrás de los cereales (trigo, arroz, cebada, etc.).
La leche contiene aproximadamente 12 mg de magnesio por cada 100 ml, lo que equivale a unos 30 mg por vaso de 250 ml, alrededor del 8 % del valor de referencia de nutrientes (VRN) para el magnesio. Dos vasos de leche al día pueden aportar en torno al 16 % de las recomendaciones diarias, una cantidad similar a la que proporciona un plátano mediano.
En definitiva, aunque los lácteos no son la principal fuente de magnesio, sí contribuyen a cubrir las necesidades diarias de este mineral, dentro de una dieta equilibrada.
Bibliografía

El término clean eating es un concepto muy popular, aunque poco definido. En los últimos años se ha extendido como sinónimo de “comer limpio”, pero… ¿qué significa realmente? ¿Se trata de una estrategia útil o de una etiqueta que genera más confusión que beneficios para la salud?
Al no estar regulado por ninguna normativa, el clean eating se considera más un movimiento social que un criterio nutricional formal. Surge del interés por mejorar el bienestar a través de la alimentación, aunque su falta de definición precisa puede dar lugar a interpretaciones erróneas o excesivamente restrictivas.
En general, el término clean eating se asocia con consumir alimentos “lo más naturales posible”. En esencia, este movimiento —también conocido como “comer comida real”— propone priorizar alimentos mínimamente procesados y fomentar una cocina más casera. La idea central es sencilla: basar la alimentación en productos frescos, poco manipulados y con una composición simple, es decir, con menos ingredientes y sin aditivos artificiales.
En líneas generales, clean eating significa:
Como hemos mencionado, el concepto de clean eating no cuenta con una definición oficial y puede variar la interpretación. Aun así, es posible extraer una serie de pautas prácticas que permiten “comer limpio” de forma equilibrada, saludable y sin caer en enfoques extremos.
Adoptar un enfoque de clean eating puede aportar diversos beneficios cuando se practica de forma flexible y equilibrada. Priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados, con listas de ingredientes cortas y sin aditivos artificiales, suele aumentar el aporte de nutrientes como vitaminas, minerales, y antioxidantes, lo que contribuye a mejorar la calidad global de la dieta.
Este tipo de alimentación favorece también un mejor control de la saciedad, ya que los alimentos reales suelen ser más nutritivos y energéticamente menos densos que alimentos ricos en azúcares añadidos, grasas de baja calidad o sal.
Además, minimizar el consumo de productos ultraprocesados ayuda a reducir la ingesta de ingredientes innecesarios, como aditivos o azúcares añadidos, lo que a largo plazo puede estar asociado con una mejor salud en general. Comer limpio suele implicar cocinar más en casa, lo que permite tener mayor control sobre los ingredientes y fomentar hábitos alimentarios más conscientes y organizados.
Por último, cuando se aplica sin rigidez ni prohibiciones extremas, este enfoque puede contribuir a mantener una relación más equilibrada y sostenible con la comida, centrada en el bienestar y en la elección de alimentos de calidad.
Corta el queso fresco en cubos y mezcla el tomate y el pepino troceados con las aceitunas. Aliña con aceite de oliva virgen extra, sal, pimienta y orégano, y añade el queso al final para evitar que se rompa. Es una opción ideal como comida ligera o como acompañamiento.
Coloca el yogur en un bol y añade la fruta junto con las nueces. Espolvorea un poco de canela o chía por encima. Es una opción perfecta para un desayuno o una merienda clean.
Un menú saludable pasa por construir cada día platos sencillos, equilibrados y elaborados a partir de alimentos reales y poco procesados. Para lograrlo, es clave combinar distintos grupos de alimentos que aporten saciedad, energía y una buena variedad de nutrientes.
La estructura básica de un plato saludable consiste en incluir una ración generosa de verduras, una fuente de proteína de calidad (como legumbres, huevo, pescado o carne magra), un carbohidrato, preferiblemente integral (cereales integrales, tubérculos o arroz integral) y completar con grasas saludables, habitualmente procedentes del aceite de oliva virgen extra, el aguacate o los frutos secos.Los lácteos también deben de formar parte de un menú clean eating, especialmente como opción en el postre o como complemento final del plato. Yogur natural, kéfir, o queso fresco aportan proteína, calcio y una textura suave que ayuda a cerrar la comida de manera ligera y nutritiva.

La leche contiene dos tipos de proteínas: la caseína y las proteínas del suero.
La caseína es la proteína principal de la leche de vaca: representa aproximadamente el 80% del total de proteínas, mientras que el 20% restante corresponde a las proteínas del suero lácteo (whey).
Es decir, dentro de los 30 g de proteína que aporta aproximadamente un litro de leche de vaca, 24 g serían caseínas.
En la leche líquida, las caseínas se agrupan espontáneamente en estructuras coloidales (pequeñas esferas) denominadas micelas de caseína. La función de estas micelas es transportar el fosfato cálcico (calcio + fósforo), cuya solubilidad es muy baja. Por eso, a la caseína también se la conoce como fosfoproteína. Además, la caseína es una proteína completa o de alto valor biológico, lo que quiere decir que aporta todos lo aminoácidos esenciales: aquellos que debemos obtener sí o sí a través de la dieta ya que nuestro organismo no es capaz de fabricarlos.
Cuando hablamos de la caseína de la leche, no nos referimos a una única proteína, sino un conjunto de distintas caseínas.
En la leche de vaca se encuentran cuatro tipos principales, que en conjunto forman las micelas de caseína:
La caseína cumple varias funciones tanto en los alimentos como en nuestro organismo.
En primer lugar, la caseína es una proteína de digestión lenta, en comparación con la proteína del suero o whey, lo que implica que libera aminoácidos de forma progresiva. Esto hace que, para deportistas, sea especialmente interesante durante la noche, cuando pasamos horas sin ingerir alimentos. Esta “liberación sostenida de aminoácidos” se debe a que en el estómago, dado su pH ácido y la presencia de la enzima pepsina, la caseína coagula formando un gel que retrasa su vaciado gástrico.Además, al formar micelas que transportan fosfato cálcico, la caseína contribuye a que el calcio y el fósforo de la leche se mantengan solubles y sean más fáciles de absorber, aumentando su biodisponibilidad. Esta es una de las razones por las que los lácteos son una fuente tan eficaz de calcio.
Los beneficios de la caseína derivan de sus características nutricionales y de cómo se digiere.
Gracias a su digestión lenta, la caseína mantiene un flujo estable de aminoácidos en sangre durante varias horas, lo que puede ayudar a reducir la degradación proteica (catabolismo) durante periodos de ayuno, y por lo tanto ayuda a preservar la masa muscular.
En general, las proteínas nos ayudan a sentirnos más llenos y aumentan ligeramente la termogénesis o el gasto energético derivado de su digestión. Es decir, cuando ingerimos proteínas, el organismo necesita más energía para digerirlas y procesarlas, y además envía señales que reducen el apetito.
La caseína favorece la solubilidad y disponibilidad del calcio y el fósforo presentes en la leche, contribuyendo a una mejor absorción de estos minerales.
Tanto la caseína como la proteína del suero (whey) son proteínas completas, lo que quiere decir que aportan todos los aminoácidos esenciales que debemos ingerir obligatoriamente a través de la dieta, ya que nuestro organismo no es capaz de fabricarlos.
La caseína está presente de forma natural en la leche y sus derivados. Algunos alimentos donde la encontramos en mayor o menor proporción son:
Davoodi SH, Shahbazi R, Esmaeili S, et al. Health-Related Aspects of Milk Proteins. Iran J Pharm Res. 2016;15(3):573-591.