La nutrigenética explica por qué dos personas que siguen la misma dieta pueden obtener resultados distintos. Cada uno de nosotros tiene un genoma único que influye en una amplia variedad de aspectos de nuestra salud, incluida la forma en que metabolizamos los nutrientes, regulamos el apetito, gestionamos la glucosa, almacenamos grasa o gastamos energía en forma de calor.
La clave está en pequeñas variaciones del ADN que modulan estos procesos; conocerlas permite orientar una alimentación más ajustada a cada individuo, gracias a la nutrigenética.

Cuando se habla de nutrigenética, se hace referencia a la disciplina que estudia cómo las variantes genéticas de cada individuo influyen en la respuesta a los nutrientes y la dieta, lo que permite personalizar recomendaciones nutricionales para optimizar la salud, basándose en análisis de ADN.
Para entenderla, primero debemos comprender cómo se organiza la información genética:
Estas variantes pueden influir en la función de enzimas digestivas, transportadores de glucosa, receptores que regulan el apetito o factores que controlan la oxidación de grasas y, por tanto, nuestra respuesta a la dieta.
La diferencia entre nutrigenética y nutrigenómica es la siguiente:
La relación entre el metabolismoy la genética se observa, por ejemplo, en rutas que regulan funciones como apetito/saciedad, lipogénesis (fabricación de grasa a partir de azúcares y proteínas), señalización de insulina, oxidación de grasas y termogénesis (proceso natural del cuerpo para generar calor, aumentando el gasto energético).
Algunos de los genes relacionados con el metabolismo son:
La obesidad es una enfermedad crónica y compleja que se caracteriza por un exceso de grasa corporal. Este exceso no aparece por una única causa, sino por la combinación de entornos obesogénicos, factores psicosociales y variantes genéticas. Además, se asocia a un mayor riesgo de desarrollar otras enfermedades crónicas no transmisibles y afecta de forma notable al bienestar y a la calidad de vida de quienes la padecen.
Desde el punto de vista genético, la obesidad suele ser poligénica, es decir, intervienen muchos genes a la vez. La heredabilidad estimada oscila entre el 40 y el 77 %, según algunos estudios, aunque el resultado final (el fenotipo o la expresión visible de esos genes) depende también de factores del estilo de vida, como la actividad física, el sueño, el estrés o la calidad de la dieta, que pueden potenciar o contrarrestar esa predisposición genética.
Entre los genes más estudiados relacionados con la obesidad destacan:
Al comprender cómo nuestras variaciones genéticas individuales influyen en nuestra respuesta a la dieta y los nutrientes, los profesionales de la salud pueden ofrecer recomendaciones nutricionales más precisas y personalizadas, adaptadas a las necesidades específicas de cada persona.
Por eso, el futuro de la alimentación pasa por la nutrición personalizada basada en la genética, que integra:
Sin embargo, la interacción entre nuestros genes y la dieta es extremadamente compleja y aún no completamente comprendida. Por eso, se necesitan más estudios sólidos para poder aplicar la nutrigenética en la práctica clínica. La nutrigenética complementa (no sustituye) las bases clásicas de la nutrición. La clave está en usar la genética como una herramienta más.Es importante destacar que, si bien nuestra genética puede predisponernos a ciertas condiciones como la obesidad o la diabetes tipo 2, también podemos tomar medidas para optimizar nuestra salud a través de una dieta y un estilo de vida saludables, mitigando así el efecto de los genes mencionados y responsabilizándonos de nuestro propio bienestar.

La sarcopenia es un trastorno progresivo y generalizado del músculo esquelético asociado al envejecimiento, y se caracteriza por la pérdida de masa muscular, fuerza y funcionalidad.
La palabra sarcopenia es de origen griego: sarco –carne/músculo– y penia –pobreza–.
Se produce una reducción de la cantidad de músculo, de su calidad y de su fuerza, lo que incrementa el riesgo de discapacidad física y pérdida de la autonomía. Además, la sarcopenia se asocia con un mayor riesgo de sufrir caídas y fracturas óseas, e incluso con mayores tasas de mortalidad en personas mayores.
¿Por qué es importante hablar de sarcopenia? Porque es uno de los principales factores de fragilidad en la vejez y una causa frecuente de pérdida de autonomía. Actuar a tiempo permite prevenir complicaciones.
*Además, a diferencia de lo que se cree, la reducción de masa muscular no siempre se acompaña de pérdida de peso, ya que puede coexistir con un aumento de grasa corporal, condición conocida como obesidad sarcopénica, asociada a mayor riesgo de complicaciones.
La sarcopenia puede estar relacionada exclusivamente con el envejecimiento, pero también hay otros factores que aceleran la pérdida de músculo. Cuando esta pérdida se debe únicamente a la edad, hablamos de sarcopenia primaria.
Sin embargo, cuando existen causas adicionales —como cáncer, obesidad, enfermedades reumáticas o malnutrición— se denomina sarcopenia secundaria. También un estilo de vida sedentario o la falta de actividad física pueden desencadenarla incluso en etapas más tempranas de la vida.
El grupo europeo European Working Group on Sarcopenia in Older People 2 (EWGSOP2), propone una clasificación sencilla que permite identificar la gravedad de la sarcopenia:
Para medirla, se usan pruebas sencillas como:
La masa y la fuerza muscular aumentan desde la infancia hasta la juventud, alcanzando su máximo en torno a los 30-40 años. A partir de entonces, comienza un declive progresivo. A partir de los 40 años se pierde aproximadamente un 8 % de músculo cada década. Después de los 70 años, esta pérdida puede llegar al 15 % cada década.
La sarcopenia tiene un origen multifactorial y hay varias causas que suelen actuar de manera conjunta:
Además del paso natural del tiempo, existen otros factores que aceleran la pérdida de masa y fuerza muscular y que explican por qué la sarcopenia progresa más rápidamente en algunas personas:
Los síntomas de la sarcopenia más comunes son:
Señales tempranas como cansancio al subir escaleras o dificultad para realizar tareas cotidianas pueden indicar el inicio del problema.
La sarcopenia tiene un impacto directo en la calidad de vida. Las personas mayores con sarcopenia tienen más riesgo de sufrir:
La reducción de masa y fuerza muscular afecta a la capacidad para realizar actividades cotidianas, promueve el aislamiento social y acelera el deterioro funcional. Todo esto influye negativamente en la autonomía y aumenta la necesidad de cuidados.
La sarcopenia no tiene una “cura” como tal, pero sí puede mejorar significativamente, o ralentizar su progresión con las intervenciones adecuadas. El tratamiento recomendado se basa en dos pilares:
La evidencia muestra que el ejercicio de fuerza es la intervención más eficaz para mejorar la función muscular en personas con sarcopenia. Además, combinar fuerza con ejercicio aeróbico y de equilibrio mejora aún más la calidad de vida.
El entrenamiento de fuerza incluye:
Los programas de fuerza efectivos para mayores suelen incluir entre 1 y 3 sesiones por semana, aunque lo más recomendado como mínimo son dos sesiones completas de cuerpo entero, realizadas con un nivel de esfuerzo alto pero seguro.
Las personas mayores que consumen alimentos ricos en proteínas de alta calidad, dentro de una dieta saludable, equilibrada y variada, tienen menor riesgo de deterioro físico y posiblemente de desarrollar sarcopenia. Entre los alimentos más recomendados, por su aporte de proteínas se encuentran:
Los lácteos son especialmente interesantes debido a su aporte de leucina, un aminoácido esencial que es crucial para estimular la síntesis de proteínas musculares. Además, cuando están fortificados, son una buena fuente de vitamina D, esencial para una correcta función muscular.
La prevención debe comenzar mucho antes de que aparezcan los síntomas:
Las estrategias más efectivas para poder prevenir o retrasar el desarrollo de la sarcopenia son, como hemos visto a lo largo del artículo: moverse más, entrenar fuerza, comer suficiente proteína y mantener hábitos saludables.
Bibliografía
Cruz-Jentoft AJ, Bahat G, Bauer J, Boirie Y, Bruyère O, Cederholm T, et al. Sarcopenia: revised European consensus on definition and diagnosis. Age Ageing. 2019;48(1):16–31. http://dx.doi.org/10.1093/ageing/afy169
Kirk B, Cawthon PM, Arai H, Ávila-Funes JA, Barazzoni R, Bhasin S, et al. The conceptual definition of sarcopenia: Delphi consensus from the Global Leadership Initiative in sarcopenia (GLIS). Age Ageing. 2024;53(3). http://dx.doi.org/10.1093/ageing/afae052
Hurst C, Robinson SM, Witham MD, Dodds RM, Granic A, Buckland C, et al. Resistance exercise as a treatment for sarcopenia: prescription and delivery. Age Ageing. 2022;51(2). http://dx.doi.org/10.1093/ageing/afac003

¿Es bueno tomar leche? La respuesta, según la evidencia científica, es sí. La leche y los productos lácteos son de los alimentos más completos que existen y aportan beneficios en todas las etapas de la vida. Tienen una composición única: proteínas de alta calidad, calcio, vitaminas y compuestos bioactivos que no se encuentran en otros alimentos con la misma biodisponibilidad. Vamos a ver por qué son buenos los lácteos, qué cantidad se recomienda tomar al día y cómo incluirlos en la dieta desde bebés hasta personas mayores.
El consumo de leche y derivados lácteos, como el yogur, el kéfir o el queso, es fundamental en el día a día, ya que sin productos lácteos sería muy difícil conseguir las cantidades diarias recomendadas de algunos nutrientes, como el calcio. Pero, además, los lácteos son mucho más que “calcio para los huesos”:
Además, la matriz láctea hace que estos nutrientes se absorban mejor que en otros alimentos e impacta en cómo se metabolizan. Por eso, los lácteos son buenos para la salud ósea, muscular y metabólica.
Las guías nutricionales recomiendan 3 raciones diarias de lácteos para la población general. De esas tres raciones de lácteos, una o varias pueden ser leche. Una ración de lácteos equivale a:
Así que sí, es bueno beber leche cada día para cumplir con las raciones recomendadas de lácteos y cubrir las necesidades de nutrientes como proteínas, calcio, vitaminas y otros minerales.
Durante el primer año de vida, la leche materna o las fórmulas infantiles son la base de la alimentación. Sin embargo, a partir de los 12 meses, los lácteos en bebés cobran protagonismo porque aportan proteínas de alta calidad, calcio y vitaminas esenciales para su crecimiento y desarrollo. Además, ayudan a establecer hábitos saludables que se mantendrán en etapas posteriores. Por eso, es fundamental introducir los lácteos en esta etapa y ofrecer derivados lácteos adaptados a su edad.
En niños de 1 a 12 años, se recomiendan de 2 a 3 raciones de lácteos al día.
Sí. A partir del año se puede introducir leche de vaca en bebés, siempre dentro de una dieta variada, equilibrada y adaptada a sus necesidades. La recomendación es que sea leche entera, sin desnatar. Antes de los doce meses no es recomendable la leche de vaca en la dieta de los bebés.
Durante la adolescencia, las necesidades de calcio y proteínas son más altas porque se alcanza el pico de masa ósea y se consolida el crecimiento. Una ingesta insuficiente en esta etapa se asocia con menor densidad mineral ósea y mayor riesgo de fracturas en la edad adulta. Por eso, para los adolescentes, es bueno tomar leche y otros lácteos diariamente: se recomienda consumir de 3 a 4 raciones al día a partir de los 12 años para cubrir estas necesidades aumentadas y alcanzar el pico óptimo de masa ósea.
Sí, algunos de los nutrientes que aportan la leche y sus derivados, como el calcio, las proteínas, el fósforo, la vitamina D o el yodo son necesarios para el crecimiento y desarrollo normales de los huesos en los niños y adolescentes.
En la edad adulta, los lácteos son aliados clave para mantener la salud ósea y muscular. La leche es una fuente importante de proteínas, minerales como el calcio y vitaminas en adultos.
Sí. A pesar de los mitos, la evidencia científica indica que la leche es buena para los adultos. La leche es un alimento de los más completos y equilibrados que existen, y proporciona un elevado contenido de nutrientes (proteínas, hidratos de carbono, minerales y lípidos) en relación al contenido calórico.
Además, el consumo de lácteos en general y de lácteos con bajo contenido en grasa, dentro de una dieta saludable y equilibrada, se asocia inversamente con el desarrollo de síndrome metabólico, hipertensión, diabetes tipo 2, obesidad y cáncer de colon.
Incluir lácteos en la dieta diaria, también en la edad adulta, es esencial ya que ayuda a cubrir necesidades nutricionales que serían difíciles de alcanzar solo con otros alimentos.
Por eso, para cubrir adecuadamente las necesidades de calcio y otros nutrientes esenciales en la edad adulta, la recomendación es consumir de 2 a 3 raciones de lácteos al día.
Con el envejecimiento, aumenta el riesgo de sufrir osteoporosis, fracturas óseas y sarcopenia (pérdida de masa muscular y fuerza). Consumir lácteos regularmente puede ayudar a prevenir la pérdida de masa ósea y a mejorar la calidad de los huesos y los músculos.
Se estima que 1 de cada 3 mujeres y 1 de cada 5 hombres mayores de 50 años sufrirá una fractura por osteoporosis en su vida.
Por ello, sí, la leche es buena para personas mayores. Gracias a su aporte de calcio, proteínas y vitamina D (especialmente cuando está fortificada, como nuestra Leche rica en Calcio de Central Lechera Asturiana o nuestra Leche Suprema de Central Lechera Asturiana), la leche y sus derivados lácteos como el yogur, el kéfir o el queso, contribuyen a mantener y aumentar la masa ósea y muscular, de especial relevancia en esta etapa vital.
Además, los lácteos también aportan vitaminas del grupo B, fósforo y potasio; nutrientes que desempeñan un papel importante en diversas funciones del organismo, como mantener el buen funcionamiento del sistema nervioso, regular la presión arterial y promover la salud cardiovascular.
Si te preguntas: ¿cuánta leche debe tomar un adulto mayor? La recomendación oficial es consumir de 3 a 4 raciones diarias de lácteos en los adultos mayores.
Las recomendaciones de consumo de lácteos aumentan en esta etapa ya que las necesidades de calcio aumentan y proteínas de alta calidad que aportan los lácteos ayudan a mantener y mejorar la función y la masa muscular, que vamos perdiendo poco a poco con la edad.
A partir de los 60 años, la ingesta de calcio debe alcanzar 1000 mg diarios vs. los 950 mg diarios recomendados de los 20 a los 59 años. El calcio y la vitamina D que aportan los lácteos son fundamentales para mantener huesos fuertes y sanos.
Además, leche es un alimento muy interesante ya que puede facilitar la hidratación en los adultos mayores gracias a su alto contenido en agua.
Leche enriquecida en vitamina D en el desayuno y como bebida, como nuestra Leche rica en Calcio de Central Lechera Asturiana, para compensar la menor síntesis cutánea de esta vitamina asociada al envejecimiento.

La Navidad es una época para celebrar, compartir y disfrutar. Pero también puede convertirse en un período de excesos que afectan nuestra salud y nuestro peso. ¿Sabías que algunos estudios indican que en un solo día festivo se pueden consumir hasta 6.000 kilocalorías, tres veces más de lo recomendado? Este exceso, sumado a menos actividad física y más sedentarismo, explica por qué muchas personas aumentan de peso en estas fechas.
La buena noticia: una navidad saludable no significa prohibirse nada, todo tiene cabida con moderación. Comer sano en Navidad también es posible, disfrutar sin empachos y llegar a enero con energía y bienestar. Aquí tienes recetas paso a paso, menús cerrados y hábitos sencillos para lograrlo.
No todo es hambre. Comer es una experiencia sensorial y social. Factores como la música, la luz, la disposición de los platos y la compañía influyen en cuánto comemos. Incluso imitamos el comportamiento de quienes nos rodean: si alguien come rápido o en grandes cantidades, tendemos a hacer lo mismo.
Además, los alimentos típicos de estas fechas —embutidos, patés, carnes grasas, dulces y alcohol— son muy calóricos y poco saciantes. Si sumamos reuniones frecuentes y poca actividad física, el resultado es claro: más calorías y más peso.
¿No sabes qué cocinar para la cena de Nochebuena? Te dejamos algunas ideas y recetas para que puedas inspirarte. Recetas saludables, ligeras, sencillas, y que gustarán a toda la familia.
Los dulces son parte de la fiesta, pero puedes preparar postres navideños saludables:
Un menú de Navidad saludable puede incluir:
Los lácteos aportan calcio, vitaminas y proteínas de calidad. Úsalos en salsas con yogur, en cremas o en postres, como la cheesecake sin horno con yogur. Al incorporar lácteos como la leche, el queso y el yogur en tus recetas, te asegurarás de que estás incluyendo proteínas en la cena de Navidad. También son fuentes de proteínas de calidad alimentos muy típicos de la Navidad como carnes, pescados y mariscos, además de los lácteos.
Brinda sin exceso. Si tomas alguna bebida que contenga alcohol, altérnala con agua. También puedes probar estas opciones sin alcohol:
Estas bebidas son ligeras y perfectas para una navidad saludable.
El ejercicio ayuda a compensar los excesos tan típicos de la navidad y, además, mejora el ánimo. No necesitas gimnasio: puedes hacer deporte y mantenerte activo en cualquier lugar.
La Navidad puede ser un periodo estresante. Practicar mindfulness en Navidad te ayudará a disfrutar el momento y reducir la ansiedad y el estrés.
También cobra especial relevancia en esta época la respiración consciente
Estas técnicas reducen el estrés navideño y mejoran tu bienestar durante las fiestas.
Aquí van los mejores tips para una Navidad saludable:

El colesterol es una molécula esencial para la vida: forma parte de las membranas celulares, interviene en la síntesis de hormonas y vitamina D, y ayuda a producir ácidos biliares para digerir las grasas. Sin embargo, cuando sus niveles en sangre son demasiado altos, especialmente el colesterol LDL o “colesterol malo”, aumenta el riesgo de aterosclerosis y enfermedades cardiovasculares. Un gran porcentaje de la población adulta tiene el colesterol elevado, y solo una minoría lo controla adecuadamente. La buena noticia es que puedes aprender cómo bajar el colesterol, ya que depende en gran medida de hábitos que puedes adoptar hoy mismo.
El colesterol dietético es el que obtenemos a través de los alimentos de origen animal, como huevos, marisco, vísceras o carne. Durante años se pensó que había que limitarlo mucho (menos de 300 mg al día), pero hoy sabemos que su efecto sobre el colesterol en sangre no es tan grande como se creía. Lo importante es la calidad global de la dieta y de las grasas.
Aun así, conviene no abusar de alimentos muy ricos en colesterol, especialmente si tienes niveles altos. Por ejemplo, los huevos son la principal fuente de colesterol dietético, pero también aportan proteínas y micronutrientes, por lo que se recomienda moderación, no eliminación.
Un dato interesante: la absorción del colesterol dietético no es igual en todas las personas. De media, absorbemos un 40 % del colesterol que ingerimos a través de la dieta. Puede variar mucho, según la genética, la edad, la composición de la dieta e incluso la microbiota intestinal. Esto significa que hay personas que absorben más colesterol que otras, lo que explica por qué algunos son hiper-respondedores a los alimentos ricos en colesterol.
La mayor parte del colesterol de nuestro organismo lo produce nuestro propio cuerpo, sobre todo el hígado. A esto se le llama colesterol endógeno y cubre casi todas las necesidades del organismo.
Solo una pequeña parte procede de lo que comemos: es el colesterol dietético, presente en alimentos de origen animal, y por lo tanto con colesterol, como por ejemplo carnes, huevos, vísceras o mariscos.
El hígado juega un papel clave en mantener el equilibrio del colesterol: produce gran parte del colesterol endógeno, sintetiza los ácidos biliares (que son derivados del colesterol y actúan como “detergentes” para digerir las grasas), regula la absorción del colesterol de la dieta y su excreción por la bilis, fabrica lipoproteínas (como la LDL) para transportar el colesterol en la sangre e interviene en el transporte reverso del colesterol, que ayuda a eliminar el exceso.
En condiciones normales, cuando ingerimos mucho colesterol, el hígado reduce su producción; si ingerimos poco, la aumenta para cubrir las necesidades.
La alimentación es una herramienta clave para reducir el colesterol. Las guías científicas recomiendan seguir patrones dietéticos saludables como la dieta mediterránea. Una dieta para bajar el colesterol debe centrarse en reducir grasas saturadas, grasas trans y aumentar alimentos ricos en fibra (cereales integrales, legumbres, frutas y verduras) y grasas insaturadas como el ácido oleico (muy abundante en el aceite de oliva) o los ácidos grasos omega-3 (presentes, por ejemplo, en nueces y pescados azules), además de incorporar alimentos enriquecidos en esteroles vegetales o fitoesteroles (como Naturcol de Central Lechera Asturiana).
Recomendaciones básicas:
Las grasas saturadas son un tipo de grasa que no tiene dobles enlaces en su estructura química, lo que las hace generalmente sólidas a temperatura ambiente. Están presentes en alimentos de origen animal (como carnes rojas, embutidos…) y algunos de origen vegetal (como el aceite de coco o el aceite de palma). Su consumo excesivo eleva el colesterol LDL, conocido como “colesterol malo”.
Aunque con importantes variaciones individuales, las grasas saturadas aumentan la síntesis en el hígado de las lipoproteínas de baja densidad (LDL), aumentando su concentración en sangre. Pero no todos los ácidos grasos saturados influyen de la misma manera. Parece que algunos ácidos grasos saturados pueden ser más aterogénicos que otros.
Por qué reducirlas:
Los azúcares añadidos y los carbohidratos refinados a priori no afectan directamente a los niveles de colesterol, pero influyen en el metabolismo lipídico y en el riesgo cardiovascular. Un consumo excesivo de azúcares añadidos (como el azúcar de mesa o el jarabe de maíz alto en fructosa) favorece la resistencia a la insulina, la acumulación de grasa visceral y la producción de triglicéridos en el hígado, lo que empeora el perfil lipídico.
Consumir demasiados azúcares libres se asocia con:
Para mejorar tu salud cardiovascular, reducir tu colesterol LDL (“el malo”) y aumentar tu colesterol HDL (“el bueno”), sigue estas recomendaciones:
Más que centrarse en el colesterol dietético de alimentos concretos, lo importante es adoptar patrones de alimentación saludables que reduzcan el consumo de productos ultraprocesados ricos en grasas saturadas, sal y azúcares, y prioricen alimentos propios de la dieta mediterránea, como frutas, verduras, hortalizas, cereales integrales, frutos secos y grasas insaturadas.
François Mach, Colin Baigent, Alberico L Catapano et al., ESC Scientific Document Group , 2019 ESC/EAS Guidelines for the management of dyslipidaemias: lipid modification to reduce cardiovascular risk: The Task Force for the management of dyslipidaemias of the European Society of Cardiology (ESC) and European Atherosclerosis Society (EAS), European Heart Journal, Volume 41, Issue 1, 1 January 2020, Pages 111–188, https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehz455
Carson JAS, Lichtenstein AH, Anderson CAM, Appel LJ, Kris-Etherton PM, Meyer KA, et al. Dietary cholesterol and cardiovascular risk: A science advisory from the American heart association. Circulation. 2020;141(3):e39–53. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1161/CIR.0000000000000743

Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en los países desarrollados, y la hipercolesterolemia (niveles elevados de colesterol) es uno de los factores de riesgo más frecuentes. En este contexto, los esteroles vegetales o fitoesteroles se han convertido en aliados naturales para reducir el colesterol de forma eficaz.
Los esteroles vegetales, también llamados fitoesteroles, son compuestos lipídicos (esteroles) presentes en alimentos de origen vegetal (frutas, verduras, frutos secos, semillas, aceites…) cuya estructura química es muy similar a la del colesterol. Gracias a esta semejanza, compiten con el colesterol en el intestino, reduciendo su absorción y favoreciendo su eliminación. Así, ayudan a disminuir los niveles de colesterol LDL o “colesterol malo”.
En la dieta habitual, la ingesta media de fitoesteroles vegetales es de solo 300-400 mg al día, insuficiente para lograr efectos significativos. Por ello, se recomienda incorporar alimentos enriquecidos con fitoesteroles para alcanzar la cantidad eficaz. Los esteroles vegetales más abundantes son el sitosterol, el campesterol y el estigmasterol.
Los fitoestanoles son la versión “saturada” de los fitoesteroles, es decir, no tienen dobles enlaces en su estructura química. Ambos actúan de la misma forma: bloquean la absorción intestinal de colesterol y reducen sus niveles en sangre. Sin embargo, los fitoestanoles son menos abundantes en la naturaleza y suelen obtenerse químicamente por hidrogenación de los fitoesteroles.
El colesterol es una grasa de origen animal que, cuando está en exceso, puede acumularse en las paredes de las arterias, incrementando el riesgo cardiovascular. Los fitoesteroles o esteroles vegetales contribuyen a reducir los niveles de colesterol en sangre cuando se consumen en cantidades suficientes. ¿Cómo lo hacen?
Está científicamente demostrado que los esteroles vegetales ayudan a reducir el colesterol total y LDL. Una tasa elevada de colesterol en sangre constituye un factor de riesgo en el desarrollo de cardiopatías coronarias.
Según la European Food Safety Authority (EFSA), una ingesta diaria de 1,5 a 2,4 g de esteroles vegetales reduce el colesterol LDL entre un 7 y un 10 % en 2-3 semanas. Además:
No se recomienda superar los 3 g de esteroles vegetales al día, ya que dosis mayores no aportan beneficios adicionales y podrían interferir en la absorción de vitaminas liposolubles. Tampoco están indicados para embarazadas, lactantes, niños menores de 5 años o personas con sitosterolemia. Quienes toman medicación para reducir el colesterol deben consumirlos bajo supervisión médica. Además, su consumo debe hacerse en el marco de una dieta equilibrada y variada, que incluya frutas y verduras, para mantener los niveles de carotenos.
Los fitoesteroles están presentes en pequeñas cantidades de forma natural en:
Sin embargo, en la dieta occidental típica, la ingesta diaria media de esteroles vegetales se estima en solo 300-400 mg, una cantidad insuficiente para lograr efectos significativos sobre el colesterol LDL.
Para alcanzar la dosis eficaz, es necesario incluir alimentos funcionales enriquecidos con esteroles vegetales. La EFSA recomienda consumir entre 1,5 y 3 gramos de esteroles vegetales al día para obtener beneficios. Para incluirlos en tu alimentación, puedes optar por productos lácteos enriquecidos como Naturcol de Central Lechera Asturiana, una leche desnatada con esteroles vegetales y extracto de té.
Dos vasos al día de Naturcol (250 ml cada uno) aportan 1,5 g de esteroles vegetales, que reducen el colesterol hasta un 10% en 2-3 semanas. Simplemente tienes que cambiar tu leche de siempre por Naturcol, así de fácil: en tu café de las mañanas, en ese vaso de leche caliente antes de dormir…sin complicaciones y sin esfuerzos.
Además, para mantener niveles normales de colesterol, es aconsejable combinar el consumo de esteroles vegetales con hábitos saludables, como reducir las grasas saturadas y grasas trans, aumentar la ingesta de fibra y realizar ejercicio físico.
Reglamento (UE) nº 432/2012 de la Comisión, de 16 de mayo de 2012, por el que se establece una lista de declaraciones autorizadas de propiedades saludables de los alimentos distintas de las relativas a la reducción del riesgo de enfermedad y al desarrollo y la salud de los niños. http://data.europa.eu/eli/reg/2012/432/2025-08-20